Otra vez Hidroituango. Y de nuevo, por las filtraciones de agua.

El incidente del pasado fin de semana ponía en peligro a 105 trabajadores, y las Empresas Públicas de Medellín decidió evacuarlos inmediatamente.

Ya había pasado antes. En la memoria de los colombianos aún permanece la crisis que estalló en abril de 2018 y que solo pudo ser resuelta en enero de 2019.

Todavía no se han calculado los costos de esa emergencia. Tampoco de la de ahora.

Lo concreto es que se trata cifras que ni siquiera están al alcance de la imaginación de un comisionista de bolsa.

Los solo retrasos de la obra, como consecuencia de las constantes paradas, podrían estar en el orden de los 3 billones de pesos. Pero, por ahí pasamos.

En las cuentas no han entrado tampoco los daños que se han ocasionado a los ecosistemas bañados por el río.

Es que son 150 municipios y 10 millones de habitantes lo que, de una u otra forma, se han visto afectados por la intervención de uno de los ríos más caudalosos de Colombia.

La monumental obra se construye en el llamado Cañón del Cauca, donde EPM levanta una presa de 225 metros de altura y 20 millones de metros cúbicos de volumen.

La aspiración es generar 2.400 megavatios de electricidad, que equivalen el 25% de todo el sistema hidráulico del país y a 16 veces el tamaño de Termoguajira.

Es, sin duda, una obra soberbia, con la cual la empresa paisa aspira a tener el dominio absoluto del sistema eléctrico nacional.

No solo por esa aspiración que, en otras circunstancias, podría ser legítima; también, por lo que ha implicado desde el punto de vida de los riesgos a la vida de trabajadores y pobladores; el irreparable daño ecológico por el que están reclamando ya cuatro departamentos de la Costa Caribe; el desastre que ha significado para los pescadores de La Mojana y el sur de Bolívar, y, claro, los sobreprecios.

¿Por qué debemos pagar los costeños por esa altanería regional? ¿Quién nos compensará por los perjuicios? ¿Cómo se atenderán los efectos ambientales que, para muchos, no son subsanables? ¿Cuánto le costará a todo el país la vanidad de una empresa?

Es claro que con Hidroituango hay que hacer algo, pero la única actuación de autoridades y organismos de control parece resumirse en una palabra: espera.

¿Qué están esperando? ¿Qué ocurra un mayor desastre?

Ese país, el de las autoridades y organismos de control, tiene hoy que repensar la obra, en un sentido que, aunque doloroso, podría ser menos que aquel que podría darse en la “espera”.

Llegó la hora de actuar. Hay que decidir si se para el proyecto ahora, a costa de la inversión ejecutada, y evitar así la tragedia que ya está sucediendo; o dejar que las aguas corran, a costa de la vida.

He ahí el dilema que no se puede permitir ninguna sociedad, aunque arriesgue un desarrollo que nunca había sido más costoso.

@AlbertoMtinezM