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Opinión

La vida que se escapa

 Ser capaces de construir la existencia desde el equilibrio que da la gestión de las emociones y el tener claro cuál es el objetivo supra de esa suma de días. La vida apolínea tiende a ser aburrida e ilusiona poco a quien la construye. Bien sabemos que la dionisiaca que desborda en alegría e ilusiones termina en la bicicleta estática del goce que no permite realización de ningún sueño. Se requiere armonía de todas esas fuerzas intensas que son los seres humanos. 

A algunos, se les pasa la vida navegando en días repletos de insatisfacciones, tristeza, dolor, miedo, viviendo sin sentido. El tiempo, en su avanzar inexorable, va desgastándolos y haciéndoles sentir continuamente una cercanía al final y remarcando las limitaciones de su condición. Estos, de los que hablo, se gastan las horas en tratar de encontrarle una razón de ser a todos sus esfuerzos que parecen estériles, ineficaces y vanos. Esa sensación la veo retratada muy bien en un relato bíblico, el de la mujer que sufre de una continua y persistente pérdida sangre (Marcos 5,23-34). Esta mujer ejemplifica a todos esos seres humanos que van perdiendo la vida cada día que pasa, en cada exhalación que hacen. Ese desangre explicita el malgastar de la existencia misma; la hemorragia que padece más que un acontecimiento físico es una expresión simbólica de una vida que se derrama sin sentido en cada jornada. La vida se pasa, absurdamente, cuando tratan de complacer los intereses de todos aquellos que están a su lado, cuando dejan que sus expectativas que los otros tienen de ellos se vuelvan una imposición y terminan viviendo desde ideales que son de otros y para los cuales no tienen verdadera condición. Los días se derraman ilógicamente cuando no hay un objetivo claro y preciso en la existencia, deambulando como veletas impulsadas por las fuerzas intensas y efímeras de los momentos. El agotamiento llega cuando se buscan relaciones que respondan a los vacíos existenciales que se tienen y no a la realidad, a la posibilidad de las personas que proponen contactos. No se puede tener una vida satisfactoria si se tienen estándares irracionales que siempre generaran autoevaluaciones negativas. Ni el dinero, ni la fama, ni el poder ni ninguna otra adicción llenará de sentido la vida que se escabulle, como agua entre los dedos, si no se conoce, se acepta y se asumo lo que realmente se es y desde allí se cubre. Todas las adicciones son intentos de sobrellevar la tragedia de ser quien se es. 

Me impresiona que en el relato la mujer se sana contándole toda su verdad a Jesús: “Y arrojándose a sus pies, le confesó toda la verdad”. La existencia satisfactoria se construye desde la verdad, la propia y la que se descubre sin miedo en los demás. Esto implica asumir las debilidades y fragilidades, eso que también somos, y desde ellas proponer proyectos reales y emocionantes para vivir. Implica liberarse de los corsés perfeccionistas que al tratar de cercenar las características de los seres humanos les quitan la intensidad y el sabor de la existencia. Ser capaces de construir la existencia desde el equilibrio que da la gestión de las emociones y el tener claro cuál es el objetivo supra de esa suma de días. La vida apolínea tiende a ser aburrida e ilusiona poco a quien la construye. Bien sabemos que la dionisiaca que desborda en alegría e ilusiones termina en la bicicleta estática del goce que no permite realización de ningún sueño. Se requiere armonía de todas esas fuerzas intensas que son los seres humanos. 

Estoy seguro de que una vida enmarcada en la espiritualidad sea cuál sea, en mi caso, esa que confía en la presencia de Jesús de Nazaret como referente personal; Nos permite que se realice el sueño de una existencia llena de sentido y valor para ser feliz. La mujer que derramaba su vida luego de encontrarse con Jesús entiende que se puede ser feliz sin negarse lo que ella misma es.

 

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