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Espiritualmente humanos

Es importante servir y ser solidarios con todos aquellos que nos necesitan. La medida real de la espiritualidad es el servicio. Podemos rezar mucho, alabar en lenguas, tener profecías y ser los más sencillos, pero si no somos servidores y útiles para los que, metidos en las peores situaciones, han perdido la esperanza por la vida, no somos espirituales. Necesitamos aprender a servir con pasión, evitando ser selectivos, dando lo mejor para que el mundo pueda ser mejor.

Los seres humanos más felices, son más productivos en todas las dimensiones de su vida. Quienes tienen bienestar físico, emocional y social, están más comprometidos con las tareas que agregan valor a los procesos laborales en los que están involucrados y tienen más posibilidades de experimentar y construir relaciones interpersonales llenas de emociones sanas, agradables y emocionantes. También creo que la experiencia espiritual permite y potencia las fuentes de felicidad de las personas, por eso, considero necesario que todos los días se promuevan y se provoquen experiencias en las que se pueda trascender a las situaciones inmediatistas de la vida. Hoy quiero proponer cuatro actitudes que a mí personalmente me ayudan a intensificar la experiencia espiritual:

1. Es necesario tener momentos para desconectarse del bullicio de la cotidianidad e interiorizar, para encontrar en lo profundo del corazón la propia esencia, y en ella, relacionarse con Dios. Son instantes que liberan de presiones distorsionadoras de la vida, y que a la vez recargan el alma para poder regresar a la dinámica cotidiana con mayor claridad y fuerza. Momentos vividos con serenidad y con la firme intención de sentirse y amarse intensamente. Esa desconexión debe ser algunos minutos diarios y, también, puede vivirse en algunos días de retiro al año.

2. Se requiere una actitud de agradecimiento. No somos merecedores de todo lo que recibimos, ni el universo –en el que somos una partícula- tiene el compromiso de cumplirnos nuestros deseos. Agradecer que se está vivo, tener salud, poder construir con nuestro trabajo, ser amados y tener a quien amar. Agradecer al nutrirnos física y emocionalmente, siendo conscientes de con qué nos estamos alimentando. Agradecer explícitamente, sintiendo cómo las palabras de agradecimiento recorren sanando todo nuestro ser. Entender lo que vivimos como dones nos reconcilia con la dinámica creadora de la existencia. Todo es un regalo que se recrea cuando pasa de uno a otro.

3. Es importante servir y ser solidarios con todos aquellos que nos necesitan. La medida real de la espiritualidad es el servicio. Podemos rezar mucho, alabar en lenguas, tener profecías y ser los más sencillos, pero si no somos servidores y útiles para los que, metidos en las peores situaciones, han perdido la esperanza por la vida, no somos espirituales. Necesitamos aprender a servir con pasión, evitando ser selectivos, dando lo mejor para que el mundo pueda ser mejor.

4. Un buen camino es buscar experiencias de júbilo y de gozo interior. No se trata de la alegría que se queda en la momentánea satisfacción de algunas necesidades, sino de la actitud agradecida y confiada de quien se goza todo el viaje de la existencia, así se presenten momentos de dificultad. Esa actitud de saber que todo se puede trascender y que siempre se celebra con las lecciones que los dolores nos dan. La espiritualidad que mueve a los seres humanos, les impulsa a gozarse cada instante de la vida, porque saben que todo colabora en que seamos mejores.

A mí me funcionan estas actitudes y son las que encuentro ahora que estoy dedicado a leer muchos maestros espirituales, mientras preparo mi próximo libro sobre la espiritualidad como herramienta para la felicidad. Cercenar la dimensión espiritual empobrece las posibilidades de crecimiento, pero concentrarse en ritos y prácticas desconectadas de la existencia concreta, aliena y no permite el compromiso que se requiere para alcanzar todos los sueños que se tienen. Hay que ser más espirituales.

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