Es poco probable que alguna persona de las nuevas generaciones haya visto al menos un caso de enfermedades como polio, difteria o sarampión. Este hecho no ocurre porque estas patologías hayan desaparecido tras controles de sus fuentes de contagio o solo por tratamientos efectivos, sino porque las campañas de vacunación funcionaron. Es así como estas enfermedades dejaron de formar parte de nuestra cotidianidad, conduciendo a que el temor al contagio y a su propagación haya disminuido. Sin embargo, lo que sí ha aumentado es la angustiosa expectativa frente a los posibles efectos secundarios que pueden traer estos biológicos. Paradójicamente, las vacunas se han convertido en víctimas de su propio éxito.
El desarrollo de las vacunas ha sido uno de los mayores avances de la medicina moderna, ellas han evitado millones de fallecimientos y, además, han contribuido a erradicar enfermedades como la viruela natural. De hecho, la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente su erradicación en 1980. Durante siglos, esta enfermedad causó millones de muertes alcanzando una tasa de mortalidad de hasta el 30% entre las personas afectadas.
Sin embargo, tradicionalmente han surgido diversos mitos que desacreditan, sin evidencia científica, la importancia de las vacunas. Esto ha disminuido las tasas de vacunación y, en consecuencia, ha generado efectos negativos sobre la salud pública. El problema se agrava si consideramos que, según datos de UNICEF, la vacunación a nivel global se estancó en 2023, dejando a 2,7 millones de niños sin vacunar o con esquemas de vacunación incompletos en comparación con el 2019.
Uno de los mitos más difundidos y peligrosamente inexactos surgió tras la publicación de un estudio en 1998 que, de manera irresponsable, afirmó la existencia de una relación entre la vacunación y el desarrollo del autismo. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que se identificaran graves irregularidades y conflictos éticos en dicho estudio, entonces fue retractado y retirado de la literatura científica. Incluso, su autor principal fue suspendido del registro médico del Reino Unido. Posteriormente, múltiples investigaciones, incluyendo estudios realizados con millones de niños, han concluido que no existe evidencia que respalde que las vacunas causan autismo.
Muchas personas también cuestionan el contenido de las vacunas, llegando a suponer que pueden causar la enfermedad que buscan prevenir. Por eso, es importante entender la naturaleza de algunas de ellas: algunas usan virus o microorganismos atenuados, es decir, que están modificados para que no puedan causar dicha enfermedad en personas sanas; otras están hechas de virus o microorganismos inactivados, en otras palabras, usan fragmentos del patógeno; algunas, llamadas vacunas de ARN mensajero, se encargan de llevar consigo una serie de instrucciones biológicas que entrenan al sistema inmune para reconocer y actuar ante dicho patógeno.
Una preocupación creciente en los padres es exponer a los niños durante el primer año de vida a múltiples dosis de vacunación, las cuales son necesarias para prevenir enfermedades como la meningitis neumocócica o Haemophilus influenzae. Esta incertidumbre ha sido despejada pues a pesar del incremento en el número de vacunas necesarias durante el primer año de vida, la cantidad de partículas antigénicas ha disminuido significativamente en ellas gracias a la tecnología como el ADN recombinante.
Es importante resaltar que las graves consecuencias de la disminución en la vacunación ya se observan. La Organización Panamericana de la Salud reportó que durante el 2025 los casos de sarampión en el continente aumentaron más de 30 veces con respecto al año anterior y que aproximadamente el 71% de estos casos fueron personas no vacunadas. Se estima que en el año 2024 murieron cerca de 95 mil personas a causa del sarampión, principalmente niños menores de cinco años, a pesar de que existe una vacuna segura y accesible.
Algunas personas optan por pensar que vacunarse es una decisión individual, pero bajo la luz de la evidencia científica, la lógica apunta que esta es una responsabilidad para con nuestra comunidad. Vacunarse es también una forma de proteger a aquellas personas que dependen de la inmunidad colectiva, como son los recién nacidos, pacientes que padecen cáncer, personas inmunosuprimidas y muchas otras que no siempre son aptas para recibir ciertas vacunas.
Gracias a las vacunas se ha logrado que muchas enfermedades no estén presentes en nuestro entorno, como consecuencia se olvida el sufrimiento que pueden causar y se corre el alto riesgo de subestimar el valor de la prevención. Son todos estos los motivos que deben ser tomados en cuenta para que nosotros y nuestras familias mantengamos los esquemas de vacunación completos y comprendamos que la ausencia de estas enfermedades no significa que ya no existan. Quizá lo siguiente sería uno de los mayores retos de la salud pública: “recordarnos aquello que ya no palpamos para evitar que regrese a nuestra realidad”.
*Bióloga graduada Magna Cum Laude de Fordham University (Nueva York, Estados Unidos) y actualmente es candidata a la Maestría en Biotecnología (Master of Science in Biotechnology Enterprise) en la misma institución.








