El fútbol callejero fue no solo la manera de divertirnos y olvidarnos por un par de horas de las obligaciones escolares, era lo más importante en ese momento en nuestras vidas. Era el fútbol en su estado más puro.
Se mezclaba todo: juego y lucha; virilidad y lealtad; identidad y jerarquía; diversión y pasión. No había tregua, era una incansable y honesta entrega. No sabíamos de sistemas, sabíamos de darlo todo para ganar; no sabíamos de tácticas, teníamos sueños: la calle era el Maracaná o Wembley y el partido era la final del mundial.
El bordillo era Pelé o Cruyff o Cubillas que nos devolvían el pase para completar la pared. Esos partidos callejeros fueron una mezcla maravillosa de orden y desorden, de atacar y defender, de pensar y correr, de orgullo y coraje, de dejarnos llevar al límite por el sano deseo de ganar, de hacer un gol más.
Y cuando todo estaba igualado y llegaba la penumbra de la noche, aquel “el que haga el gol gana” entonces sí que nos convertía en un émulo de uno de esos que aparecían en las laminitas (caramelos, monitas) del famoso álbum de los mundiales.
Estaba en esas, regodeándome en esta maravillosa evocación infantil, cuando el formidable ex futbolista y goleador Thierry Henry (el de la misma sutileza de Romario para definir) desenfundó una hiriente carga de híper madurez en contra de nuestro querido fútbol callejero después del 5 a 4 del PSG sobre el Bayern: “tenemos que dejar de llamar a esto gran fútbol. Lo que vimos esta noche no fue una semifinal de Champions League, fue fútbol callejero”.
En tiempos en los que se escuchan preocupantes vaticinios sobre pérdidas de seguidores al fútbol, y se plantean partidos de 30 minutos y superligas, y... ((De Laurentis, Florentino Pérez...), tal vez lo que necesita el fútbol no son esos cambios, sino más partidos como este. Con el espíritu amateur del inolvidable fútbol callejero.


