Recomiendo leer Charlatanes, el reciente libro de Moisés Naím y Quico Toro. Es un texto oportuno, agudo y particularmente útil para entender la política contemporánea. Su tesis es sencilla y perturbadora: los charlatanes prosperan porque conocen muy bien las vulnerabilidades del “HumanOS”, ese sistema operativo humano con el que percibimos, juzgamos y decidimos. No manipulan solo información; manipulan la forma misma en que pensamos. Y, entre esas vulnerabilidades, hay tres especialmente peligrosas: el sesgo de confirmación, el razonamiento invertido y el efecto rebaño.

La primera es el sesgo de confirmación, esa inclinación a aceptar con facilidad aquello que coincide con nuestros prejuicios o deseos. El charlatán político se mueve con comodidad en ese terreno. No llega con un programa serio ni con un diagnóstico responsable, sino con frases hechas para halagar agravios, reforzar miedos y transformar intuiciones en certezas. Por eso puede prometer cualquier cosa sin pudor. Entre ofrecer trenes eléctricos elevados interoceánicos y asegurar que problemas antiguos, estructurales y técnicamente complejos se resolverán con decretos del primer día, hay menos diferencia de la que parece: en ambos casos se comercializa una fantasía emocionalmente atractiva, no una solución de gobierno.

La segunda vulnerabilidad es el razonamiento invertido. Primero se adopta una conclusión por identidad, rabia o conveniencia; después se buscan argumentos que la sostengan. En este marco, la mentira deja de ser un obstáculo y se convierte en un instrumento. El charlatán ya no necesita demostrar: le basta con activar lealtades y emociones. Como señala Naím, este tipo de personaje no busca convencer en el sentido clásico; busca viralizar, polarizar y fidelizar. Trabaja sobre la adhesión, no sobre la verdad. Un ejemplo reciente se vivió en Alemania antes de las elecciones federales de 2025, cuando se detectaron redes de desinformación que difundían falsas alertas de atentados y rumores infundados contra candidatos. Su eficacia no residía en la solidez de la evidencia, sino en su capacidad de encajar con temores y predisposiciones previas.

La tercera vulnerabilidad es el efecto rebaño. Muchas personas terminan adhiriendo a una idea no porque la hayan examinado con rigor, sino porque perciben que ya se volvió dominante. Las redes sociales han intensificado este fenómeno al convertir la consigna en contagio y la emoción en aval colectivo. Sin embargo, también contienen una paradoja útil: a veces exponen al charlatán con la misma rapidez con la que lo amplifican. Sus contradicciones, exageraciones y montajes quedan registrados y pueden ser desmontados públicamente. Brexit fue una demostración elocuente de esa dinámica: una campaña cargada de desinformación, promesas engañosas y presión ambiental logró mover a millones más por impulso colectivo que por deliberación informada.

Por eso, en una política cada vez más expuesta a la manipulación emocional, el voto exige más que entusiasmo: exige criterio, memoria y responsabilidad. Conviene desconfiar del candidato que promete milagros, reduce la complejidad a eslóganes y convierte toda crítica en conspiración. Los charlatanes pueden seducir multitudes, pero rara vez gobiernan bien. Cuidar el voto, entonces, no es solo un acto electoral: es un deber de lucidez. No se lo entregue a quien explota las debilidades del juicio ciudadano, sino a quien respeta la inteligencia de los electores.

@hmbaquero

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