Colombia se encuentra en un momento de parálisis colectiva. Una sensación que atraviesa tanto el sector público como el privado, en la que personas y organizaciones suspenden decisiones, aplazan compromisos y congelan proyectos a la espera de ver quién asumirá las riendas del país en el próximo gobierno. Esa parálisis, que podría leerse como una respuesta preventiva y racional, es en realidad el síntoma de algo más profundo: un gobierno que ha dejado al país en una incertidumbre estructural -en absolutamente todos los sectores- y donde el miedo a que Colombia pueda ir por un peor camino no es paranoia sino un cálculo con evidencia.
Ahora bien, gane quien gane -que ojalá sea una opción sensata- los colombianos debemos preguntarnos qué haríamos en cada uno de los escenarios posibles, sean o no favorables a los intereses de cada cual.
El punto de partida de esta conversación debe ser la respuesta a una pregunta incómoda: ¿hasta dónde llega el compromiso de un ciudadano con su país cuando la democracia produce un resultado que no le gusta? La respuesta honesta de mucha gente sería: depende. Y esa respuesta, por comprensible que sea, revela que el contrato cívico en Colombia es más frágil y más condicional de lo que se admite públicamente.
A los jóvenes que sueñan con oportunidades en Colombia: ¿se irían del país dependiendo del gobierno? A quienes tenían planes de inversión o están emprendiendo: ¿dejarían de hacerlo dependiendo de quién gane? ¿Lo harían en otro país? El dilema esencial es si el compromiso con Colombia -a título individual o como organización- es condicional al resultado electoral. Y este no es un asunto de menor alcance. Si muchos colombianos toman la ruta de salida cuando el panorama no es favorable, no solamente se queda el país a la deriva o en manos de quienes tienen intereses ajenos al bien común: se debilita la posibilidad misma de consolidar una nación que responda tanto en los momentos buenos como en los malos. La realidad es que cuando quienes más pueden transformar un país son también quienes más fácilmente pueden salir de él, se produce un círculo vicioso difícil de romper.
Pero estos dilemas vienen acompañados de otro que es muy común en Colombia y en América Latina: si los ciudadanos están moralmente obligados a sacrificar sus planes y proyectos de vida ante la escasa estabilidad institucional de un país que, además, no ha cumplido con ellos. ¿Se le puede exigir lealtad o sacrificio a quien ha sido defraudado de manera recurrente?
Antes de responder esa pregunta con un argumento moral, vale la pena reformularla. En lugar de preguntar “¿deberías quedarte?”, la cuestión central sería: “¿qué tendría que ofrecerte Colombia para que la respuesta fuera obvia?”. Ese desplazamiento no absuelve al ciudadano de su responsabilidad, pero sí traslada parte de la carga a donde también corresponde: al sistema que ha fallado en construir las razones suficientes para quedarse.
Tal vez esta columna plantea más preguntas que respuestas. Pero es necesario formular estas disyuntivas para tener una conversación honesta sobre cómo evolucionará el país en cada uno de los escenarios a los que puede llegar según los resultados electorales. Porque si somos capaces de tener esa conversación con honestidad, también tendremos mejores herramientas para decidir en democracia.
@tatidangond


