Junior desarrolló un buen primer tiempo ante el Palmeiras y que estuvo por encima de lo que sugería su actualidad futbolística en la Liga colombiana. Actualidad signada por la irregularidad en su juego y con muchos vaivenes en el nivel de sus futbolistas.

Aparte que tenía al frente a uno de los más fuertes candidatos a llegar a la final de la Copa Libertadores. El plan pre partido se apoyó, a mi juicio, en dos decisiones tácticas. La primera fue reforzar la retaguardia con un defensa central más (Peña, Rivera y Monzón).

Como sabe que su manera de defender, incluidos los de la última línea, no es lo más confiable que tiene, y que el rival posee los argumentos ofensivos de calidad, era una buena idea. La segunda fue agrupar a jugadores con un buen perfil ofensivo, con capacidad para conducir los ataques, para desequilibrar y al mismo tiempo aptos para prestar su voluntad para el sacrificio en la recuperación del balón (Chará, Rivas, Pérez, Guerrero).

En un partido como este era obligación. Respaldados por la voluntad en marca de Ríos, y orientados y cohesionados por el espíritu afiliativo y personalidad que aún conserva Teófilo. Y todos sin ningún atisbo de complejo de inferioridad. El 1 a 0 a favor era justo. La segunda etapa fue distinta.

Ante un rival que obliga a realizar un desgaste físico y mental que no es habitual en la Liga colombiana, produjo una pérdida de vigor que Palmeiras descubrió y entonces se hizo dueño del trámite. Dejó constancia de su rica técnica colectiva, de un juicioso cuidado por la elaboración de las jugadas y forzó al Junior a replegarse y defender muy cerca de su área, incluso dentro de la misma.

En la jugada puntual del gol del empate, Monzón comete un error en el movimiento: no debió ir a invadir la zona de Rivera que disputaba el balón en el juego aéreo con el delantero rival, solo debió retroceder unos metros en diagonal y quedar cubriendo la espalda de su compañero. Replicar el juego y la actitud de ese primer tiempo para lo que sigue, debería ser el objetivo de Junior.