Este fue el grito de resistencia, de protesta social y de reclamación laboral que en septiembre de 1966 marcó el norte de los maestros del magisterio del Departamento del Magdalena cuando decidieron cambiar el rumbo de la educación en Colombia aquel 24 de septiembre caminando desde Santa Marta a Bogotá para exigir al Gobierno Nacional el restablecimiento de sus derechos pisoteados.
La gloriosa Marcha del Hambre una gesta de 1.600 kilómetros y 28 días de sacrificio, más de 800 maestras y maestros valientes partieron, solo el 10% —36 maestras y 50 maestros— entraron a Bogotá. Los movió la indignación legítima, la asfixia financiera y la necesidad que dejaba más de diez meses de salarios impagos por la Gobernación, y algunas remuneraciones pagadas mediante el canje de botellas de ron.
Aquella humillación obligó a los formadores a convertirse en mercaderes de licor para sobrevivir, atentando no solo contra el derecho al trabajo, sino contra el corazón mismo del sistema educativo: sus operadores los maestros, sustantivo que en una sociedad equilibrada y justa siempre debe escribirse en mayúsculas sostenidas, debe pronunciarse con el respeto y la dignidad que merecen, y comprenderse como la labor más loable, honrosa e indispensable para la humanidad, sin ellos no existieran sociedades. A ellos, la educación pública le debe la profesionalización de la educación, la creación del estatuto docente y la regularización de salarios.
Una movilización, una protesta pacífica pero contundente que hicieron lo suyo; aquel grito sigue siendo inspiración para muchos que encuentran en cada kilómetro recorrido, en esa hazaña quijotesca un motivo más para continuar la lucha por la redignificación docente, la calidad educativa, y la transformación de la educación, sin burocracia, y con realidades tangibles. “Honor a quien honor merece. No permitamos que el olvido borre una historia escrita con sacrificio. Los derechos que hoy nos sostienen son el fruto de quienes lo apostaron todo para que la educación en Colombia despertara hacia su verdadera dignidad, marcando un hito imborrable con la Marcha del Hambre.
Gracias, ‘caminantes’; la deuda con ustedes es impagable. Gracias por aquel camino hecho al andar. Evoco su grito y aquel otro que surgió de la multitud en la Plaza de Bolívar cuando, al ver su agotamiento extremo y su alma aguerrida, alguien clamó: ‘¡Hombros!’, siendo alzados como lo que son: heroínas y héroes sociales. Se les colocó en el sitial que todo educador merece: en lo más alto. Hoy, desde la memoria histórica, esta columna se une a ese eco y grita con fuerza: ¡Presente, Presente, Presente!
* Sociología Jurídica e Instituciones Políticas. Maestra Universitaria. Parlamentaria Mundial de Educación








