De niño la cuaresma no me gustaba. Era un tiempo triste. Mi abuela casi que ni nos dejaba jugar ni hacer bulla; ella tenía la seguridad de que necesitábamos estar en silencio para poder reflexionar en torno a los misterios de la fe católica. Yo, que siempre he tenido un espíritu alegre, que me gusta hablar gritao y mamargallo constantemente, padecía este tiempo.
Luego vino la formación teológica bíblica y la comprensión de lo que este tiempo significaba en la vida de un creyente. No es una etapa triste, ni se trata de volver a vivir las situaciones del Jesús histórico. Estoy seguro de que ahí ha habido un error: por enfocarse en la manera de los acontecimientos se nos ha dejado de profundizar y actualizar el sentido de ellos, que es, al fin y al cabo, lo importante.
Es un tiempo para mirar hacia adentro. Reconocer nuestra finitud, nuestra condición contingente y necesitada, y lo bueno que hay en nosotros.
No somos eternos (Génesis 3,19), fenecemos, nos quedamos obsoletos rápidamente. Olvidarlo es dejar que la soberbia que nos da el poder, la influencia o el placer exagerado se apodere del corazón. Comportarnos como absolutos no solo nos encierra en la cárcel del egoísmo, sino en la de la irrealidad.
Nadie se salva solo (1 Corintios 12, 21.26). Nos necesitamos los unos a los otros. Por ello, el símil del cuerpo que usa Pablo para expresar la comunidad. En estos tiempos gobernados por el ego, saber que nadie puede ser feliz si otro sufre y vive en la miseria es lo más cristiano posible.
Somos valiosos (Isaías 43, 4; Gálatas 2,20). A veces se exagera la mirada nihilista sobre el ser humano. Se termina diciendo que no merecemos nada, que somos lo peor, y la verdad creo que eso nos hace más proclives al error y al fracaso. Considero que una manera de prepararse para la Pascua en el tiempo de cuaresma es ser capaz de reconocer que somos valiosos, que estamos llenos de dones y habilidades. Ese amor propio que nos da ánimo y fuerza para vivir en el camino existencial que Jesús nos ha propuesto (Juan 14,6).
Los ritos, las prácticas de piedad, las celebraciones deben permitirnos estas tres certezas. No nos pueden llenar de miedo ni aburrirnos, sino hacernos conscientes de nuestra condición frente al Dios en el que creemos. Por ello no solo se trata de ser espectadores de estas manifestaciones litúrgicas, sino de celebrarlas viviendo lo que ellas nos significan camino a la Pascua. Hoy volviendo a ser niño me propongo un ayuno que me haga saber que no soy absoluto, que necesito a los demás y que puedo ayudarlos con mis dones. Un ayuno de aquello que tiene poder sobre mí.
@Plinero


