El 8 de marzo será un día decisivo para el país, no solo por las elecciones al Congreso, sino por las consultas en las que verdaderamente se juega el futuro presidencial de Colombia. La polarización -tan rentable políticamente para quienes saben instrumentalizarla- ha creado una ilusión de inevitabilidad: ha implantado en la mente de muchos colombianos la ficción de que no existen opciones más allá de los extremos. Esa narrativa no es inocente; es una estrategia. En medio de ese paradigma surge una tercera alternativa que puede ofrecerle al país experiencia, sensatez y una proyección real hacia el desarrollo que Colombia merece: la Gran Consulta.
Cuando muchos creen, con frustración, que solo hay dos caminos, se vuelve necesario quitarse la venda y buscar un tercero: uno que responda a las necesidades que enfrenta el país, que genere consensos y que no se alimente de la fragmentación política. Una opción que tenga a Colombia en el centro de sus prioridades, que no profundice las fracturas sociales existentes y que reactive la expectativa de un país posible. Sobre todo, una alternativa que le devuelva cordura al liderazgo nacional: una opción de centro, con experiencia, que piense el futuro desde el fortalecimiento de las instituciones, de la democracia y del Estado de derecho.
Los nueve candidatos de la Gran Consulta amplían el panorama electoral para la Presidencia de la República. No solo ofrecen alternativas y enriquecen el debate: su decisión de unirse es una señal de que anteponen el interés del país a sus aspiraciones personales. Pero quizá más relevante que ese acto de convergencia es que entre ellos hay liderazgos con amplia experiencia, conscientes de la magnitud de los desafíos que enfrenta -y enfrentará- Colombia, y comprometidos con una hoja de ruta coherente con una verdadera agenda de desarrollo.
Ahora bien, para que esa tercera opción pueda convertirse en la primera, es necesario que los ciudadanos voten la Gran Consulta -por el o la candidata que consideren más idóneo-, pero que voten con la convicción de que el país merece algo distinto al falso dilema de la polarización, que hoy está mermando las posibilidades de construir un futuro en el que la vida de los colombianos y su bienestar estén en el centro del debate público. En este contexto político la abstención fortalece la narrativa de inevitabilidad; la participación, a través del voto, la rompe. La democracia no se salva desde los extremos, sino desde la responsabilidad. Y hoy esa responsabilidad pasa por ampliar el horizonte y negarse a aceptar que solo existen dos caminos.
Colombia tiene la posibilidad de salir del ocaso en el que la ha dejado este gobierno sin tener que dar un salto al vacío. El país tiene opciones, y la Gran Consulta es prueba de ello.
@tatidangond








