El 2026 despide su primer mes y, como siempre, el tiempo confirma que no espera a nadie. Pasa volando, dicen, y aunque es inevitable, no deja de golpearnos con su velocidad. La vida es corta y, en muchos momentos, dura. Para algunos, que el tiempo avance es un alivio; para otros, una advertencia silenciosa de que no hay espacio para la indiferencia.

Este es un año de expectativas, cambios y decisiones profundas. Colombia entra en un ciclo electoral que definirá el rumbo del Senado y de la Presidencia de la República. El viejo refrán lo resume bien: no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Nuestra historia lo confirma. Los colombianos hemos aprendido a resistir la violencia, la pobreza y, ahora, una corrupción que se ha vuelto cotidiana y peligrosa.

Soy optimista, pero no ingenua. La situación es compleja. La opinión pública está fracturada y los extremos políticos, tanto de izquierda como de derecha, tendrán en sus manos la posibilidad de mejorar o empeorar la vida de más de cincuenta millones de personas. El canibalismo político preocupa: aquí, muchas veces, el vivo vive del bobo y los políticos viven del Estado.

La contienda electoral ya está en marcha. Promesas, discursos y estrategias se cruzan mientras se disputa la delegación del poder por los próximos cuatro años. No es un asunto menor. Cada elección construye o deteriora instituciones, oportunidades y derechos.

Febrero avanza rápido; tiene apenas 28 días y ya vamos en los primeros. El tiempo se nos va, pero no podemos permitir que se lleve también la calidad de vida ni la tranquilidad. Enero ya pasó y llega el carnaval, la alegría, la música y la gozadera. Disfrutar también es un acto de resistencia.

No podemos detener el tiempo, pero sí aprovecharlo: lo podemos disfrutar y podemos detenernos a pensar lo rápido que pasa. Pensar, decidir y actuar con conciencia es una forma de no desperdiciarlo. No somos perfectos, pero somos capaces de elegir mejor. El ser humano puede construir o destruir su futuro. La opción está en las manos; la decisión, en la mente. Que no se nos pase la vida sin decidir: el tiempo no regresa y enero ya pasó. En este contexto, votar no es un trámite ni una costumbre heredada, es un acto de responsabilidad histórica. Elegir mal tiene consecuencias reales en el bolsillo, en la seguridad, en la salud y en la educación. Elegir bien exige informarse, cuestionar y no dejarse arrastrar por el ruido ni por el fanatismo.

La democracia se debilita cuando el ciudadano renuncia a pensar, pero se fortalece cuando cada decisión se toma con memoria, criterio y sentido colectivo. El futuro no se improvisa: se construye con elecciones conscientes hoy. Cada voto cuenta, cada silencio pesa y cada omisión también decide por todos. El reloj avanza y la responsabilidad es ahora.

@oscarborjasant