Cuando un país con las mayores reservas petroleras del planeta, empieza a reordenar su economía, no se abre una “oportunidad comercial”: se abre una ventana histórica. Colombia, por geografía, por tejido empresarial y por afinidad cultural, puede ser el primer beneficiario. La crónica falta de inversión de los últimos siete años en Colombia acumulo capacidades ociosas que estarían prestas para facilitar la reconstrucción de Venezuela a bajo costo. La oportunidad es tan grande que podría garantizar el crecimiento colombiano durante la próxima década independiente de la situación política local. Nadie está tan bien posicionado para este dividendo, una luz de esperanza en mitad de tanta incertidumbre.

Con la reapertura fronteriza, el comercio binacional volvió a crecer con niveles cercanos a US$1.000 millones en 2024. En 2025 la tendencia continuó: las exportaciones a octubre sumaron US$875,5 millones con una canasta diversificada. Es decir, incluso sin una transición plena, el motor volvió a encenderse. Ahora con transición, sin sanciones, dólares disponibles vía Swift, financiación, más temprano que tarde volveremos a los US$7.000 millones de comercio bilateral que alcanzamos.

Venezuela necesita volver a levantar infraestructura, vivienda, redes eléctricas, acueductos, logística y servicios urbanos. Colombia tiene oferta inmediata: cementos, aceros, materiales de construcción, alimentos procesados, farmacéuticos, autopartes, textiles, servicios de ingeniería y mantenimiento. Lo que hoy entra por goteo puede convertirse en flujo si se habilitan pagos, seguros y transporte. Una Venezuela que normaliza su industria (y su relación con socios internacionales) reconfigura las cadenas de suministro en la región.

Eso sí el cambio de fondo es el energético. Hay oportunidades de servicios petroleros, mantenimiento, logística y contratación; y, al mismo tiempo, la posibilidad de acelerar proyectos de gas, interconexión y transición energética con enfoque de seguridad regional. Aquí el Estado colombiano debe actuar como arquitecto: reglas claras, licenciamiento ágil y diplomacia económica. No improvisación.

La frontera no puede seguir siendo un “paso de camiones”. Debe convertirse en plataforma: zonas francas binacionales, parques industriales livianos, centros logísticos y aduaneros inteligentes. Eso generaría empleo formal en Norte de Santander, La Guajira, Arauca y Cesar: regiones que llevan décadas pagando el costo de la informalidad y la violencia.

La transición venezolana va a demandar banca, compliance, seguros, telecomunicaciones, educación y salud privada. Colombia puede exportar servicios si resuelve lo básico: conectividad, marco tributario estable y mecanismos de arbitraje y cobro.

Pero nada de esto ocurre por inercia. La transición venezolana es una carrera de posicionamiento. México, Brasil, y Europa van a jugar fuerte frente a EE. UU que lidera el proceso. Colombia tiene ventaja natural, pero necesita tres decisiones: una agenda público-privada de choque para logística y pagos; seguridad fronteriza con inteligencia, no retórica; y un “equipo país” que piense en década, no en titular. La oportunidad está servida. La pregunta es si Colombia va a diseñar el tablero… o a limitarse a contar camiones.

@SimonGaviria