Han pasado 25 años entre escritorios, computadores y recorridos por las zonas agrícolas y ganaderas del país, acompañando a miles de productores en la difícil tarea de conseguir créditos para impulsar sus proyectos productivos.

No ha sido sencillo. El camino está lleno de obstáculos: una regulación excesiva diseñada por burócratas de la Comisión Nacional de Crédito Agropecuario, un sistema perverso de reporte en las centrales de riesgo, líneas de crédito de Finagro estandarizadas que desconocen la realidad del campo y la ausencia total de políticas públicas que permitan zonificar las áreas agrícolas, transferir conocimiento en buenas prácticas y fomentar el emprendimiento agroempresarial.

La verdad es incómoda: en 25 años no hemos hecho nada extraordinario. Seguimos cultivando las mismas 5,5 millones de hectáreas —apenas el 14% de nuestra frontera agrícola— con ineficiencia y baja productividad. El único cultivo que ha crecido exponencialmente es la coca. El panorama es desolador:

Café: 830.000 hectáreas con un rendimiento mediocre de 18,7 sacos por hectárea, cuando deberíamos alcanzar 22.

Palma de aceite: 600.000 hectáreas, con rendimientos promedio de 14 toneladas frente a un potencial superior a 22, y con el 30% de las plantaciones envejecidas. Este sector podría expandirse a un millón de hectáreas.

Maíz: 590.000 hectáreas incapaces de sustituir las 7 millones de toneladas importadas anualmente desde Estados Unidos.

Arroz: 560.000 hectáreas con 4,8 toneladas por hectárea, lejos de las 7 que exige la competitividad.

Caña de azúcar: confinada en Valle del Cauca, Cauca y Risaralda con las mismas 234.000 hectáreas y cayendo en productividad.

El resto —plátano, papa, cacao, frutales— sigue igual: estancamiento crónico.

¿Hasta cuándo vamos a tolerar esta mediocridad? Mientras el mundo avanza hacia la agricultura de precisión, nosotros seguimos atrapados en el pasado. Si no rompemos este círculo vicioso, el agro colombiano seguirá siendo un sector rezagado, incapaz de competir y de generar riqueza para el país.

Estamos al borde del colapso productivo. Mientras otros países avanzan hacia agricultura de precisión, nosotros seguimos sembrando pobreza. Si no actuamos ya, el agro colombiano será irrelevante en el comercio mundial y la seguridad alimentaria quedará en manos de las importaciones. El tiempo se agotó.

El próximo presidente no puede seguir administrando la pobreza rural. Necesitamos una política agropecuaria que apueste por productividad y tecnología, expansión de la frontera agrícola, financiamiento inclusivo, infraestructura y logística, educación y capacitación, sostenibilidad y adaptación climática, y una estrategia comercial que proteja al productor frente al dumping y la competencia desleal. El tiempo de los diagnósticos terminó: llegó la hora de sembrar resultados.

En el tintero: Mientras escribo esta columna, me entero de que el gobierno pidió la renuncia a la presidente de Finagro, no por los pésimos resultados en la democratización del crédito (solo 12,8% para pequeños productores), sino por denuncias internas de presuntas irregularidades, clientelismo y politización de la entidad. ¡Qué horror!

*Asesor y consultor en banca de fomento agropecuario.

@indadangond