Casi todos los días recibo mensajes de agradecimiento de personas que han leído mi libro Romperme fue solo un comienzo. Agradecen las preguntas que provoca y las herramientas que brinda para que cada uno de ellos pueda construir su propia respuesta a los desafíos que la vida les plantea. Eso me emociona y me compromete a seguir leyendo, investigando y escribiendo para proponer ensayos que posibiliten reflexiones profundas y personales a quienes me leen en los distintos espacios.
Una idea que gobierna el libro es la necesidad de reconciliarse con la propia fragilidad personal. Es decir, entender que nuestra fragilidad no es un defecto, sino una condición. Que no somos frágiles porque fallamos, sino que fallamos porque somos humanos. Por lo cual tenemos que aprender a no tratarla como una anomalía, sino a entenderla como parte del diseño de la vida.
Al iniciar este nuevo año tenemos que entender que no podemos construir nuestro proyecto de vida desde la creencia de que la fortaleza es no necesitar a nadie, porque ello termina volviéndose soledad, y para ser felices necesitamos establecer conexiones profundas y honestas, en las que reconozcamos la necesidad que tenemos de los demás.
Reconocerse vulnerable no es rendirse ni bajar los brazos. Es saber hasta dónde sí y hasta dónde no, para cuidar lo que verdaderamente importa. Es reconocer los límites en medio de los cuales podemos realizar la vida, sabiendo que no podemos vivir condicionados por el miedo a decepcionar a las personas por ser auténticos, honestos y poder decir “no puedo”.
Para poder construir un proyecto de vida sólido en este 2026 necesitamos acabar con la imagen de autosuficiencia para asumir nuestra realidad, porque es desde ahí donde se toman decisiones más sanas. En los grupos humanos en los que vivimos tenemos que aceptar que mostrar y asumir la fragilidad no debilita al grupo, sino que, por el contrario, lo hace más humano.
Tal vez lo que más nos ayuda en este proceso de reconstruirnos y recomenzar desde nuestra vulnerabilidad es una espiritualidad de lo pequeño. Una experiencia de fe serena que encuentra el sentido en lo sencillo y cotidiano de la vida, y no en los actos heroicos que nos alejan de lo humano.
Eso implica reconocer la ternura de quienes nos aman como espacio de la presencia de Dios; y las palabras de los amigos como manifestación de la trascendencia que llena de sentido la existencia.
Espero que leas el libro y te reconcilies con tu fragilidad como una forma de descubrir qué pedazos recoger para seguir y cuáles soltar, porque ya no tienen función en la vida.
Siempre puedes.
@Plinero


