Poco a poco me he ido convenciendo de que el egoísmo es quizá la peor de las características humanas. Con su concurso, la vida en común se empobrece y se vuelve áspera, tensa y agresiva. Cuando dejamos de pensar en los demás —o, peor aún, cuando dejamos de preguntarnos por las consecuencias de nuestros actos sobre los otros— el tejido social se deshilvana.
El egoísmo suele manifestarse primero en gestos mínimos: parquear donde se nos antoja, colarnos en una fila o subir el volumen sin considerar al vecino. Acciones aparentemente inofensivas, o de impacto leve, justificadas siempre desde la comodidad propia, pero que dejan claro el mensaje: lo mío importa mucho más que lo tuyo. Con el tiempo, esa lógica puede empeorar. El mismo impulso que permite ignorar una leve molestia ajena es el que, llevado al extremo, hace posible agresiones mayores, a veces irreparables.
Pero el egoísmo no siempre actúa de manera individual. Existe también un egoísmo de grupo, quizá aún más dañino, porque se disfraza de causa, de identidad o de lealtad. Cuando un colectivo —político, social o ideológico— pierde el pudor de pasar por encima de los demás, todo se vuelve justificable. Se destruye lo que el otro ha construido y se anula al adversario, sin detenerse a pensar que, más allá de las diferencias, todos compartimos una humanidad básica. En ese punto, el egoísmo deja de ser una actitud privada y se convierte en una fuerza que contamina la vida pública.
La agresividad cotidiana no proviene únicamente de la violencia explícita. Proviene también de la suma de miles de decisiones egoístas —individuales y colectivas— que se repiten y que terminan convirtiendo el espacio común en un campo de batalla, donde cada uno actúa como si solo su bando, su grupo o su interés tuviera derecho a existir. Por eso el egoísmo resulta tan destructivo. No siempre hiere de forma inmediata, pero erosiona lentamente cualquier posibilidad de convivencia, convierte al prójimo en un obstáculo, en una incomodidad o, en el mejor de los casos, en una figura irrelevante. Una sociedad dominada por ese impulso termina siendo inhabitable.
Eliminar o al menos moderar las actitudes egoístas, puede ser un buen propósito para este año que comienza. Tal vez baste con eso: con pensar dos veces antes de actuar, preguntarnos a quién afecta lo que hacemos y aceptar que vivir en sociedad implica, en ocasiones, renunciar a una comodidad personal.
Les deseo a mis lectores un venturoso 2026. Tras una pausa necesaria, volveré a este espacio el jueves 15 de enero.
moreno.slagter@yahoo.com








