En un mundo atestado de inteligencias artificiales, parece no haber espacio para un habitante de siempre: la soledad. Las sociedades humanas de hoy son cada vez menos humanas, en la medida en que se abandonan en los brazos de la inteligencia artificial (IA) para hacer que todo sea “más fácil”. Sin embargo, a pesar de que —en efecto— las aplicaciones de IA son diseñadas para quitarnos trabajo de encima, ponen sobre nuestros hombros la enorme dificultad que supone el tener que decidir a diario si lo que queremos es vivir nuestra propia vida o, por el contrario, dejar que sea un tal ChatGPT el que nos enseñe a vivirla.

ChatGPT, el amigo. ChatGPT, el consejero. ChatGPT, el que lo resuelve todo. La realidad de este tiempo que habitamos es quizás más un reflejo de nuestras carencias que de la capacidad de manejo que tenemos sobre nuestras emociones. Más de tres millones de personas hoy están abstraídas por los encantos de la IA y hay quienes ya le entregan a ChatGPT, entre tantas otras aplicaciones de este tipo, sus problemas personales para obtener soluciones, o bien, sus miedos más profundos, con la inocente pretensión de que sea esa herramienta tecnológica la que —cual dios— encienda la luz al final del túnel.

La inteligencia artificial ha puesto de manifiesto que cada vez más los humanos tendemos a ser menos inteligentes. Para sobrevivir, todas las personas necesitamos mantener interacción social; y aunque esto sea casi una obviedad, lo olvidamos cuando intentamos simular relaciones humanas con una creación digital. Aunque los llamados chatbots hayan sido creados para engancharnos a punta de halagos que tal vez nos hacen sentir “especiales”, no existe una reciprocidad real en tanto que las máquinas, por muy “inteligentes” que sean, no tienen la capacidad de sentir.

«ChatGPT alimenta espirales delirantes», se lee en el título de un artículo publicado el pasado siete de agosto en The Wall Street Journal. El texto, que cuenta cómo «la psicosis por IA es un problema creciente», se basa en el análisis hecho sobre una serie de conversaciones en línea que revelan un modelo que «envía a los usuarios a un agujero negro de teorías sobre la física, los extraterrestres y el apocalipsis». Mientras intentamos distraer la soledad, o entender la realidad por medio de una entidad omnisapiente, terminamos perdiéndonos a nosotros mismos.

Paradójico es que muchos empiezan su relación con un chatbot, precisamente, queriendo encontrarse. Como cierto es que la célebre frase que Cortázar escribió en Rayuela a través de Oliveira nunca podrá aplicarse entre un bot y un humano: «Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos».

@catalinarojano