En la pasada jornada refrendatoria, mientras el ‘Sí’ y el ‘No’ prácticamente empataron, el miedo fue el gran triunfador. Ese miedo, generador de reacciones egoístas, justificativo de los medios ante el fin, perturbador de la confianza colectiva y de la sensatez creativa. Fiel al servicio del frágil ego, encontró abonado el terreno.
El miedo a una futura intromisión llevó a los negociadores a combinar todas las formas de atajos, sin prever cómo su interacción producía un alto riesgo de fracaso.
Fue el miedo al paso del tiempo lo que llevó a cambiar al equipo negociador y a realizar de forma afanosa, mixturas peligrosas en materia de amnistía, participación política y sanción.
Fue el miedo a asumir responsabilidades lo que llevó a los representantes de las Farc a anteponer en la negociación intereses particulares frente a los de su colectividad.
Fue el miedo partidista el que impulsó la reconocida y sucia campaña de un sector del ‘No’, al igual que las triunfalistas, soberbias y anticipadas celebraciones del ‘Sí’. El responsable de la carencia de diálogo oportuno con la oposición.
Fue el miedo el que inspiró peligrosos candados como el acuerdo especial, el bloque de constitucionalidad y la refrendación. Demasiadas llaves que, al final, no solo no dieron la seguridad esperada, sino que dejaron en el limbo un ejercicio monumental de construcción de paz, minó la confianza popular y terminó de encrespar los ánimos de la oposición.
También fue el miedo el que nos llevó a muchos partidarios del acuerdo a minimizar riesgos frente a temas inconclusos, confusos, que los afanes del tiempo llevarían, de seguro, a la maldita y eterna improvisación. Inclusive, fue el miedo a discrepar el generador de los erráticos resultados de las encuestas y la abstención.
El resultado, en parte desolador. En parte, si se transforma en oportunidad. Hasta ese día, muchas medias verdades sin espacio a oírse entre sí. Ni era el mejor acuerdo posible, ni su rechazo la hecatombe para el país. Hoy sabemos que la guerra no volvió. Que sigue abierta la ventana al diálogo y aunque no es una situación fácil ni del todo segura, sí puede ser la oportunidad de llegar a un acuerdo más incluyente, representativo, acotado y realista. Sí, y solo si es aprovechada por todas las fuerzas políticas involucradas, libre del miedo y el ego que lo alimenta.
Nada menos legitimante que el miedo, ni peor consejero que el ego. Podríamos empezar por las reglas mínimas de solución de conflictos. Reconocer al otro como igual, ponerse en sus zapatos, no tomárselo personal, ser honesto en lo que se puede ceder, buscar fórmulas gana-gana y reconocer los límites de la negociación.
Hoy, las oportunidades siguen siendo todas. La sociedad civil dio una gran lección al país político, visible en las proclamas y manifestaciones de estudiantes, comunidades indígenas y víctimas. Hoy muchos sectores se están sumando en propuestas, cada vez más cerca de consensos. Construir en la pluralidad, en la divergencia, en aras del bien común. ¿No era de eso que se trataba un proceso de paz?
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