Nadie lo esperaba.
Ni el presidente Juan Manuel Santos, que aparentemente hizo todo lo que a un demócrata auténtico le competía; ni los ciudadanos que concurrimos a las urnas a votar por el Sí, creyendo que la apuesta por un país en paz iba a ser superior a las tensiones partidistas; ni las víctimas, que habiendo perdonado a sus victimarios y empezado a abrazar la reconciliación, preguntan hoy por qué hubo más dureza en los corazones que no han sangrado como ellos con el conflicto.
El resultado sorprendió a los miembros de la comunidad internacional, que después de pintar con los colores de nuestra bandera sus palacios de gobierno, no entendieron por qué nos dividió una causa tan noble.
El balance ni siquiera estaba en la agenda de los promotores del No que, a juzgar por las reacciones de las últimas horas, probablemente no aguardaban que su posición se impusiera sobre la otra para no tener que recoger el discurso de la resistencia y no les colgaran los muertos que, de revivirse la confrontación, seguiría provocando la guerra.
Por eso la incertidumbre, que además de las caras largas de la Casa de Nariño, provoca debates irreconciliables a la hora del desayuno.
En el escenario de las probabilidades nuestros dirigentes deberán buscar salidas creativas, y seguramente las encontrarán, para sobreponer al país, con la integración de todas las posiciones posibles, a esta interinidad institucional que hoy tiene la esperanza. Pues, independientemente de que el No haya ganado y que el Sí haya estado muy cerca, lo cierto es que el margen que los distancia lo que muestra es una nación que cree en el proceso y otra que tiene serias reservas.
Eso, sin embargo, no resuelve la otra tensión que ha anidado en la relación de los colombianos.
Este debate, que va resultando inmarcesible, nos dejó fisuras muy pronfundas.
Los tonos que adquirió la discusión en las redes sociales y mirándonos a los ojos, volvió irreconciliables inclusive las diferencias en casa. Es increíble que aún en las familias donde la guerra pasó sin dejar huellas, padres, hijos, sobrinos, estén trenzados hoy en una disputa blindada por odios ajenos.
Lo primero que debemos hacer es desarmar nuestra actitud y deponer el ánimo belicoso que nos previene frente a las concepciones de los otros.
No se trata de renunciar a nuestras posturas o someter la de los vecinos, como no lo hicieron, por ejemplo, los irlandeses. Después del conflicto interétnico que duró más de 30 años, unionistas protestantes y católicos republicanos mantuvieron sus diferencias no obstante a la firma del llamado Acuerdo de Viernes Santo de 1998. Pero decidieron no seguir matándose; ni con las balas ni con la palabra.
Asumieron, a la sazón de lo que deberíamos hacer nosotros, que el punto de vista que no compartían era la posibilidad que les brindaba su interlocutor de ocasión para ver la vida de otra manera.
Hoy emulo el ejemplo y despojo mi corazón de prevenciones. En este, mi proceso de paz, ofrezco disculpas a quienes haya podido ofender con el tono de mis escritos y recibo las dispensas por los indultos que recibí de vuelta. Y estrecho la mano de mis contradictores como el comienzo de un gran abrazo sincero y definitivo.
amartinez@uninorte.edu.co - @AlbertoMtinezM


