A la hora que usted tiene este texto en sus manos, seguramente ya habrá decidido su voto por el plebiscito. Si su voto es No, al menos no lo haga motivado por los argumentos mentirosos que han dado. Todo eso que se han inventado a falta de razones. Cuando camine a su lugar de votación pregúntese de dónde sacó las razones para conducir a este país a una guerra sin retorno. Piense si estará dispuesto a mandar a sus hijos a los campos de batalla. Tenga la decencia de hacerlo. Fuera de toda crítica al acuerdo de paz, esa es la mejor fórmula para tomar la decisión de hoy. No hay que ser erudito para comprenderlo. Es solo una posición ética. Tengo un hijo que no irá la guerra. Tendría que pasar sobre mi cadáver para ponerse un uniforme y un fúsil, por la causa que sea. No se lo ofreceré a un monte oscuro para que sea masacrado como si no tuviese madre. Mi hijo lo parí para la vida. Quiero que use su fuerza para criar a sus hijos si desea tenerlos, para agarrar un bate y lanzar una bola, para sostener un libro, para cualquier cosa que lo haga feliz, pero jamás para empuñar un arma que le quite la vida a otro como él. Jamás para que otro como él se la quite a él.

Si usted va camino al puesto de votación con un No en la cabeza, vaya dispuesto a mandar a su hijo, pero no al hijo de otra. Mande al suyo. Enlístelo al día siguiente, entrégueselo al demonio suelto de la guerra que le quita la vida a los inocentes. Rece por él en las noches frías, para que siga con vida, para que la maleza no se lo haya tragado lleno de sangre, agonizante, con frío y con miedo. Espérelo después de un combate y cruce los dedos para que los muertos sean otros.

No cuente con mi hijo para su soberbia. Si usted no es capaz de perdonar, no cuente con mi hijo para su venganza. No incentive una guerra con los hijos de las mujeres pobres, esos muchachos de los barrios que terminan de pendejos poniendo sus pechos para tragarse las balas que no le llegan a los muchachos ricos.

Y usted, en lugar de quedarse en un sofá asistiendo al conflicto armado desde un canal de televisión que musicaliza las entrega de los secuestrados, vaya a lidiar con la ponzoña de los animales del monte. Levante su trasero de la comodidad que lo habita en esa idea de seguridad que destilan las ciudades en Colombia y esa ceguera sobre un campo desvalijado por la guerra, que se llevó el orgullo de muchas mujeres inocentes o convirtió cuerpos de niñas en premios de batalla.

Esta guerra, la que pretendemos ponerle fin hoy, lleva más de 50 años sin dejar un ganador. Ninguno de los dos bandos derribó al otro. Nadie se venció en medio siglo. La salida militar más arrasadora no le dio la victoria a nadie. Bombarderos aquí y allá, atentados aquí y allá, emboscadas aquí y allá, y solo el sufrimiento de la gente. Nada más. Solo el sufrimiento y la desesperanza de la tierra arrasada por las balas que enriquecen a los que se lucran del negocio del espanto. Hoy somos nosotros, los civiles, los que podemos ponerle fin.

@ayolaclaudia

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