Imaginemos una escala del 1 al 10 para medir el apoyo al acuerdo con las Farc, en la que 1 es el rechazo categórico, y 10 el ‘Sí’ incondicional. Apuesto que la mayoría de los colombianos estaríamos en algún punto entre el 4 y el 6. Pocos estarían en los extremos; casi todos unos pasos más acá o más allá de la línea imaginaria que atraviesa el 5.
Sin embargo, el ambiente de los últimos meses indicaría otra cosa. Ha habido amistades rotas, temas vedados, domingos familiares arruinados, eliminaciones masivas de contactos en Facebook. Todo por un ‘No’. O por un ‘Sí’.
Cuánta hostilidad innecesaria. La verdad es que lo que nos separa es poco y es mucho más en lo que estamos de acuerdo. Hemos caído en la trampa de una polarización que no es real.
La mayoría de nosotros no desea cambiar el modelo económico del país. A todos nos preocupa la calidad de la justicia en Colombia. Todos abogamos por un mejor sistema educativo. Compartimos un igual desprecio por la corrupción. Muchos defendemos la existencia de una red social que ayude a los compatriotas desfavorecidos por la pobreza o los que estén pasando apuros. Y a la mayoría nos repugnan los crímenes de la guerrilla, los narcos, los paras y el Estado.
Por esas coincidencias que nos acercan, desconfío de la honestidad intelectual de quien diga que no se la ha pasado por la cabeza, por lo menos una vez, cambiar de posición. “Quizá haya enemigos de mis opiniones —dijo alguna vez Borges—, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser también enemigo de mis opiniones”. A veces, varias veces al día. Se despierta uno optimista pensando que ‘Sí’, durante la introspección líquida de la ducha se convence del ‘No’, el aroma del primer café de la mañana le sugiere suavemente un ‘Sí’ y el trancón frente al semáforo camino al trabajo lo devuelve al ‘No’. Se equivocó aquel senador que nos tildó de esquizofrénicos: el diagnóstico apropiado era bipolares.
Me dijo mi amigo A.C., quien defiende el ‘Sí’ y a quien le gusta artillar con jerga técnica sus atinadas intuiciones, que “todos estamos a menos de un sigma de todos los demás”. Quiso decir, con un préstamo del lenguaje estadístico, que la variación en nuestros pareceres es baja: la mayoría estamos reunidos en la sombra cerca al centro del espectro de opinión, lejos del calor de los extremos. Pero el engendro binario del plebiscito nos divide en dos, justo por ese centro donde estamos concentrados. Nos ubica en el mismo campo del extremista que está “de nuestro lado”, así estemos mucho más cerca del “opositor” que tenemos al frente. Tan cerca que podríamos darle la mano.
‘Por un sí, por un no’ se llama una obra teatral de Nathalie Sarraute en la que dos amigos de toda la vida se enemistan por un detalle insignificante, la entonación de una sílaba en una conversación. No permitamos que nos pase lo mismo. El domingo, cuando todo haya concluido y —ojalá— los enigmáticos hackers hayan permitido que los ábacos de la Registraduría tabulen la distancia porcentual entre nuestras incertidumbres paralelas, recordemos que nuestros puntos en común son más numerosos y más importantes que nuestras diferencias.
Y el lunes a levantarnos temprano a trabajar, que este país no se va a arreglar solo.
@tways / ca@thierryw.net








