Entre las decenas de nominados en la noche de febrero 28, había un nombre curioso: “Anónimo”. “Anónimo” dirigió La mirada del silencio, nominada a mejor documental junto al ganador de la Beca McArthur Joshua Oppenheimer. La Beca MacArthur concede a un cierto grupo de personas en los Estados Unidos $625.000 dólares (alrededor de dos billones de pesos), y el trabajo de Oppenheimer como director de documentales que exponen los crímenes de gobiernos a través del mundo fue considerado como una tarea digna de subsidiar. Por consiguiente, Oppenheimer se convirtió en la cara del proyecto. Pero el poder de sus películas en Indonesia, donde se dedicó a confrontar la historia de una dictadura que destruyó las vidas de miles de ciudadanos, no habría sido posible sin “Anónimo”.
Y sin embargo, los Óscar decidieron que nada de esto es digno de mención.
El cine, como dijo Roger Ebert, es una máquina de empatía. El mecanismo es sencillo: Siéntate en un cuarto oscuro con decenas de extraños y aprende el punto de vista de una decena de extraños a miles de millas. Y sin embargo, los Óscar constantemente deciden celebrar cine que se olvida de este aspecto único del cine, de esta posibilidad de celebrar y entender experiencias con las que nunca nos encontraremos de manera natural. Y la peor parte es que entendemos a los Óscar como la máxima celebración del cine, cuando los Óscar ni siquiera están dedicados al cine, sino a la coronación de los millonarios en un círculo cerrado cuyo interés no es en la idea de crear películas y arte trascendental sino simples narrativas irresponsables que exaltan el valor del statu quo.
Hay excepciones. Este año, Spotlight (En primera plana), de Tom McCarthy, es una película increíble, cuya dedicación a la idea de retratar perfectamente los abusos de la Iglesia Católica contra la mismísima tela de nuestra civilización es digna de admiración. Pero un reloj roto todavía es correcto dos veces al día. Y el sistema de votación no se dedica a la admiración del cine como un arte único, donde personalidades de todo tipo pueden lograr empatía con personas y mundos nacidos del éter de la imaginación sino a la celebración de cineastas que logran convertir ideas en dólares.
Y sin embargo, los Óscar nunca van a morir y nunca lograrán su supuesta meta de expandir el discurso cinematográfico. Personas como “Anónimo” que convierten al cine en una máquina de empatía donde podemos aprender de millones de experiencias nunca serán celebradas, optando por ejercicios en “musculatura cinematográfica”. Alejandro González Iñárritu adentrándose en los bosques congelados de Canadá para crear cine vacío del alma o experiencias humanas. Eddie Redmayne pretendiendo ser una mujer transexual sin entender qué tan complicado es vivir en un mundo en el cual el ser transexual es básicamente ponerse en completa oposición a la injusticia a través de mera autoexpresión y el cómo la gente nunca respetará el increíble valor envuelto en semejante acto. Y recontando la misma historia, una y otra vez, de cambio sin valor. De auto-celebración y pretensión, sin significado.
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