La mejor herencia que los padres pueden dejar a sus hijos, es la educación.
La máxima ha sido certificada por los estudios recurrentes de instituciones multilterales y locales, y también por el sentido común.
Un año adicional de escolaridad, dijo hace mucho tiempo la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, incrementa el PIB percápita del país entre 4 y 7 por ciento.
Desde entonces, el premio Nobel de economía James Heckman ha venido comprobando a través de distintos escenarios econométricos, que invertir en educación es mucho más rentable que llevar capitales a la bolsa de valores.
En la práctica lo que eso significa es que cuando un miembro de la familia logra completar el ciclo de formación profesional abre una ventana de desarrollo para todos. Y no solo por la evidente mejora en el ingreso, sino por la ruptura de ciclos: un profesional en la familia es inspirador; revela que es posible alcanzar nuevos estadios.
Así, la educación resulta reparadora frente a la desigualdad que encuentran cuando nacen los habitantes de un país de los niveles del nuestro.
El efecto es, por demás, trascendente. El factor que más explica el progreso de las economías modernas es la acumulación de conocimiento. Por eso dedican una buena porción de sus presupuestos públicos a la educación, la ciencia y la innovación tecnológica.
Falta por determinar las repercusiones que tuvo la Universidad al Barrio de la Alcaldía de Barranquilla y del programa Ser Pilo Paga, del Gobierno Nacional, en los indicadores de acceso de los jóvenes a la formación profesional en la Costa Caribe, principalmente de los segmentos poblacionales de menores ingresos.
Pero en general, apenas 30 de cada 100 muchachos que terminan la formación básica secundaria pueden ingresar a una universidad.
El resto engrosa el trabajo informal, cuando no el desempleo o la delincuencia o el ocio improductivo. E interrumpen el ciclo vital.
En Barranquilla, que se perfila como la gran economía emergente del país, es necesario, entonces, entrenar a las generaciones que habrán de liderar a los sectores industrial, comercial y de servicios, para que las nuevas oportunidades no se restrinjan solamente a quienes siempre las han tenido, o a los ciudadanos del interior que, avizorando los movimientos, están migrando a la ciudad.
En tal caso, hay que elevar el proyecto de descentralización de la alcaldesa Elsa Noguera a la condición de universidad distrital, para que, habiendo alcanzado los indicadores de cobertura que hoy tiene, avancemos ahora en los términos de formalidad y excelencia que va a estar exigiendo el mercado.
Y en el departamento definitivamente hay que mover la Uniatlántico a los municipios del centro y el sur mediante la creación de ciudadelas universitarias que garanticen el acceso de los atlanticenses a la oferta renovada y pertinente de sus programas, con la garantía de calidad que comporta la tarea pendiente de la acreditación.
Ahí están, entonces, los tareas inmediatas para el alcalde y el gobernador recién elegidos.
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