Daniel, cuyo nombre real he cambiado para respetar su privacidad, era el operario de una sofisticada máquina en la empresa en la que trabajo. Por su habilidad y sus años en el cargo, se había convertido en un empleado valioso, y ganaba más que otros con menos experiencia y formación. Por eso, cuando anunció que iba a renunciar porque no tenía quién le cuidara a su hijo pequeño, la empresa propuso modificar sus horarios con tal de conservarlo. Sin embargo, al final Daniel pasó su carta de renuncia.
¿Cómo alguien con un niño pequeño va a preferir quedarse sin ingresos?, pensaba yo. Me fui a hablar con él, para tratar de hacerlo entrar en razón. Pero sus explicaciones me dejaron sin argumentos.
Sin ingreso no me voy a quedar –me dijo–. Una tía le iba a prestar plata para comprar una moto y se iba a meter de mototaxista. No ganaría lo mismo, pero le alcanzaría para vivir. Pero, ¿y la salud? –le pregunté–. ¿Y si tú o tu hijo se enferman? Pues, nada –me dijo–, para eso está el Sisbén.
Así, un joven de unos 30 años, en plena salud física y mental, con una formación especializada y un salario superior al promedio, pasaba de ser un trabajador formal a un mantenido del Estado.
La decisión de Daniel tiene varias consecuencias, algunas de ellas individuales, otras que afectan a toda la sociedad. Al interrumpir su trayectoria profesional, es poco probable que más adelante alcance cargos más altos, con mejores salarios y beneficios. Su hijo recibirá una educación inferior, que le hará muy difícil salir de la pobreza. Como mototaxista, Daniel arriesgará su vida a diario en un trabajo precario y peligroso. Como trabajador informal, en lugar de contribuir al sistema de salud y pensiones, pasará a parasitarlo. Las empresas que inviertan tiempo y dinero en capacitar empleados como él perderán su inversión y reducirán su competitividad. Y apenas Daniel gire el acelerador de su moto por primera vez, se esfumará de las estadísticas de desempleo, pues para el Dane quien no está buscando trabajo no se considera desempleado.
El Sisbén, como otros programas sociales, le ha traído beneficios a muchas personas, pero, como cualquier herramienta, puede ser mal utilizado. Es claro que en el caso de Daniel el instrumento no está cumpliendo con su intención original, que es la solidaridad con las personas necesitadas, sino que hace parte de un círculo vicioso de desincentivos al empleo formal. Ese es el problema de usar los programas sociales como principal estrategia de reducción de pobreza del país. La reducción de la pobreza debería ir por cuenta de la creación de empleo, no de la destrucción del mismo. Por eso, el gobierno debería trabajar por el crecimiento económico y el desarrollo empresarial. En cambio, su filosofía parece que fuera aumentar gasto y tributos, lo que espanta la inversión, y regalar casas y subsidios, lo que crea ciudadanos dependientes del Estado, como en Cuba o Venezuela.
Los países europeos crearon y ampliaron sus generosos sistemas de seguridad social a medida que la sociedad alcanzaba la riqueza necesaria para financiarlos. La solidaridad es hija, no madre, de la prosperidad. El asistencialismo nuestro es una cosa muy distinta: un barniz para camuflar la pobreza, que al ocultarla la vuelve permanente y crónica.
@tways / ca@thierryw.net








