De tanto ver series de televisión tipo Lie to Me, CSI en todas sus versiones, Castle, Criminal Minds, Jo, y un montón de etcéteras, termina uno pensando como detective forense, es decir, con un conocimiento básico de la medicina que permite elaborar perfiles sobre medidas antropométricas, y también de las facetas de la personalidad. Esas series tienen un sustento científico que se basa en hechos reales y demostrables a partir de los cuales se desarrolla el drama de la trama. Con la ayuda de un buen dibujante y unas descripciones más o menos precisas se pueden hacer retratos hablados de personas en diversas facetas: cara, etnia, estatura, contextura, peso, rasgos sobresalientes, señales particulares, tumbao.
Una de las cosas que he aprendido y comprobado es algo que leí, creo, en un libro reportaje de Gabriel García Márquez titulado La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile en el cual describe las peripecias de este director de cine chileno para entrar a su país a filmar un documental sobre la dictadura de Pinochet y, si no se me cruzan los cables, le preguntó qué había sido lo más difícil para construir el personaje, un hombre de negocios uruguayo, y el cineasta le contestó que la espalda, el aspecto más complicado de controlar. Una vez que vemos a una persona por detrás queda una impronta global del fenotipo del personaje más difícil de mimetizar. El man puede venir disfrazado de marimonda pero apenas pasa y uno le ve el tumbao dice eche, ese es fulanito.
De tanto ver esas series detectivescas tiendo a confundir la realidad cuando despierto insomne en la madrugada y en la media vela de reconciliar o no el sueño, enciendo el televisor para tratar de cerrar los ojos por ardor, pero pasan unas imágenes de un atraco a un banco y el cerebro responde detectivesco: jóvenes entre 15 y 18 años, latinos, mal disfrazados con una gorra que más que ocultar perfila las facciones, como si no les importara que los identifiquen, portan armas de fuego, se mueven con la agilidad de quien conoce el sitio, saltan sobre los mostradores con precisión de atletas y saquean las cajas en cuestión de segundos. Una voz en off resalta el tiempo que duró la acción, 40 segundos. Wow, pensé mientras casi me dormía, pero desperté del todo cuando supe que se trataba de un noticiero: es la nueva modalidad de atracos que se están presentando en Barranquilla cometidos por jóvenes y adultos entre 15 y 30 años que se han organizado en pandillas y realizan operaciones comando para robar entidades bancarias cual profesionales.
Desde entonces, he podido ver otras escenas parecidas con el mismo tipo de protagonistas que son atrapados con facilidad y que malgastan su vida entre entradas y salidas de la cárcel, en el mejor de los casos, o muertos a tiros en la intentona. Y pienso erda, qué cosa tan dolorosa, la ciudad se llenó de gangs compuestas por centenas de muchachos, la mayoría de extracción popular, que se juegan la vida en una acción delictiva en la que coronan o los coronan. Toda una generación de jóvenes, tal vez inteligentes y con habilidades, que pasarán a la historia de esta ciudad como anónimos perdidos en la vorágine de la pobreza, la desigualdad social, la falta de oportunidades, la patología social. Y me pregunto ajá, y ¿qué vamos a hacer?
Por Haroldo Martínez
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