El Heraldo
Yurley Martínez Rentería, víctima de la masacre de Bojayá ocurrida el 2 de mayo de 2002.
Óscar Javier Román, Unidad para las Víctimas y archivo
Colombia

El día que Yurley sobrevivió a la masacre de Bojayá

Las heridas del cuerpo no son comparables con las que sacudieron el espíritu de Yurley Martínez, una bojayaseña que ha sabido perdonar.

La lluvia de balas y los ensordecedores estallidos anunciaban la detención del tiempo en la memoria de los bojayaseños de aquel 2 de mayo de 2002, el día en que Yurley Martínez Rentería se salvó por voluntad divina de ser otro número en la lista de víctimas mortales de aquella masacre desatada cuando un cilindro explotó en la iglesia en la que más de 400 personas se refugiaban de los combates que sostenían guerrilleros de las Farc y un comando paramilitar.

Yurley comenta que su niñez transcurrió entre los amigos y la Escuela Urbana Mixta de Bellavista, donde, sin saberlo, estaban formando el carácter de una persona fraterna. “Toda mi niñez la viví allí, era un pueblo muy tranquilo y siempre vivimos sin la presencia de los grupos armados ilegales”, dice perdiéndose en los recuerdos de aquellos juegos inocentes rodeados de naturaleza, la misma naturaleza que le enseñaron a respetar Marcelino Martínez y Raquel Rentería, sus padres, que siempre le mostraron el valor de la bondad y del servicio al prójimo y por eso desde que entraba a las aulas del colegio se destacó por ser solidaria, es más, “yo creo que nací con ese don de la solidaridad”, dice.

“Yo me estaba echando una cobija encima y la verdad no escuché la explosión. Sentí fue como si se hubiese roto la teja de la iglesia”.

Tiempos de angustia

1997 fue el año en el que la intranquilidad se apoderó de ese vital territorio chocoano, pues comenzaron a sentirse las presiones de los grupos armados ilegales. “Asomaron grupos al margen de la ley, exactamente los paramilitares entre el 97 y cerca del 2000, y después apareció la guerrilla que históricamente había hecho presencia en la zona. Incluso, en el 2000 la guerrilla se tomó simultáneamente al antiguo Bellavista y Vigía del Fuerte (pueblo antioqueño ubicado en la otra margen del río Atrato)”, asegura Yurley acotando que después de eso la Policía abandonó el lugar porque los agentes de Bellavista fueron secuestrados mientras que a los de Vigía los mataron.

 El terror comenzó a extenderse y la zozobra cayó sobre este pueblo. Dos años más tarde, en 2002, el calendario se detuvo en el llanto y la desesperanza pues esta comunidad vivió la masacre en el Bellavista viejo (cabecera municipal de Bojayá), en la que 79 personas perdieron la vida y cerca de 100 heridos quedaron con el peso de la guerra sobre su espíritu. “El 1 de mayo de ese año empezamos a sentir los primeros disparos”, añade.

Ese día arreciaron los combates entre los paramilitares y la guerrilla. Parecía que el cansancio no tocara sus brazos ni sus ansias de acabar con lo que se atravesara y, poco a poco, la gente comenzó a arribar a la iglesia a protegerse confiando en que allí no les pasaría nada, tal vez porque era la “casa de Dios”, tal vez porque los armados respetarían las vidas civiles o tal vez porque era de las pocas construcciones en cemento, o tal vez nada de eso nunca les importó.

Se calcula que allí estaban cerca de 400 personas hacinadas, protegiéndose de la guerra mientras que otro grupo de personas se había refugiado en la casa de las misioneras agustinas, a unos 70 metros de la iglesia.

“Mis papás se habían ido como tres días antes, junto a una hermana y una sobrina mía para la finca ubicada cerca de la ciénaga de Bellavista a continuar con sus labores del campo y, además, porque el pueblo estaba inundado y las clases las habían parado por la misma razón. Cerca de las 6 de la tarde del 1 de mayo tomamos la decisión de irnos para la parroquia todos los que estábamos en la casa en ese momento, al tiempo que el padre Antún Ramos salía de la iglesia y les decía a los paramilitares que se fueran de ahí (estaban en un patio al lado del templo) porque estaban poniendo en riesgo a la población civil, pero ellos no le hicieron caso”, cuenta Yurley, quien para ese momento era una quinceañera.

Dice que esa noche hubo mucho silencio. Cesaron los disparos. El padre Antún repartía cobijas y alimentos para los que allí se encontraban. “Ahí también estaba mi hermano Heiler con su esposa y sus seis hijas, pero yo nunca los vi porque había muchas personas”.

El cilindro estalló dentro de la iglesia.

Cesó la tranquilidad

Cerca de las 10:30 de la mañana los paramilitares le lanzaron a la guerrilla un ‘rocket’, a lo que la guerrilla respondió con un cilindro bomba que rompió el techo de la iglesia, impactó contra el altar y estalló.

“En ese instante yo me estaba echando una cobija encima porque tenía algo de sueño. La verdad no escuché la explosión. Sentí fue como si se hubiese roto la teja de la iglesia y de un momento a otro la cabeza me quedó debajo de una de las bancas. Lo primero que escuché fue a una profesora llamando a gritos a su hija Karen, que también sobrevivió. A los instantes comienza a disiparse la polvareda y veo ese poco de muertos. Recuerdo que sentía como una quemazón, como el ambiente caliente y salí a correr. También tengo claro que me quitaba carne de la cabeza. Había un fuerte olor a chamuscado, a sangre caliente”.

Yurley corrió hacia la parte de atrás del pueblo y pasó por la casa cural donde estaba el padre Antún buscando cobijas para hacer torniquetes y prestar los primeros auxilios a los heridos. “En medio de esa carrera me topé con mi hermano Élmer y con su hijo Andrés”,  dice la mujer al recordar ese momento.

En medio de la huida, Yurley manifiesta que ayudó a cargar a una niña que llevaba tan solo cinco días de nacida. Era tanta la angustia por huir que hasta tiempo después se dio cuenta de que una esquirla había impactado en la parte inferior de su brazo derecho, una cicatriz que le sigue recordando lo inconmensurable de la vida.

Mientras eso pasaba, el padre Antún evacuaba los heridos de la iglesia y los llevaba a la casa de las monjas agustinas porque ellas tenían conocimientos básicos de medicina. Allí las religiosas les ponían torniquetes, evitaban hemorragias, les prestaban los primeros auxilios tratando de sanar las heridas de la piel y del alma.

“Duré varios años allí en Quibdó y terminé el bachillerato, cuando regresé a la región ya me tocó el Bellavista Nuevo”.

Luego, decidieron irse con los heridos

Antún cogió un remo al que le amarró un trapo blanco y en coro con algunos pobladores gritaban que eran la población civil, intentando evitar que los actores armados los confundieran con combatientes.

Eran pocas las personas que seguían en la iglesia o, mejor, en la casa cural porque la iglesia había quedado sin techo. Eran unas siete personas las que quedaban, entre ellas Minelia, una habitante de la calle del pueblo, quien a su manera ordenó los cuerpos destrozados.

Una ayuda prometida.  Para ese momento, Yurley y las personas que huyeron hacia atrás de la iglesia ya habían arribado a un rancho lleno de avispas y hormigas y allí se ubicaron. Era cerca de las 3 de la tarde. “Allí encontramos un pequeño bote y embarcamos a los niños y a algunas personas que iban con heridas leves para que siguieran por Caño Lindo rumbo a la Ciénaga Bellavista”, a donde llegaron sobre las 5 de la tarde.

“En el momento en que llegamos mi padre venía cruzando con un viaje de piña, pero él no sabía nada de lo que había ocurrido en la iglesia de Bellavista. Le contamos, desocupamos la embarcación con la piña y nos fuimos a auxiliar a un pequeño grupo de heridos que aún permanecían en el ranchito”, recuerda Yurley.

Esa noche ella y el grupo de personas pernoctó en la ciénaga, tan solo esperaban el alba para partir hacia La Loma, corregimiento del municipio de Bojayá, pero la angustia y zozobra permanecían porque desconocían la suerte de sus familiares y amigos que estaban en la iglesia en el momento de la explosión. Allí duraron solo dos días y el 5 de mayo el padre Antún y las religiosas agustinas fueron a recogerlos en varias embarcaciones para llevarlos a Vigía del Fuerte.

Dos días antes, el 3 de mayo, el padre Antún había regresado a Bellavista a sacar a los muertos para evitar una epidemia. Finalmente, los cuerpos fueron arrojados a una fosa común donde meses después fueron exhumados por la Fiscalía. Después fueron entregados a la Alcaldía Municipal y enterrados nuevamente en el cementerio local y en algunos camposantos de municipios vecinos, aunque sin la certeza de quién era quién.

Ya en Vigía, Yurley comenzó a preguntar por su familia y se enteró de que habían muerto en la explosión su hermano Juan Alberto, de 9 años, y 9 de sus sobrinos (Helena, John Fredy, y Yasiry, hijos de su hermano Élmer) y las seis hijas de su hermano Héiler (Yasaira, Nasaria, Hensi, Heidy, Raquel y una bebé en gestación junto con su madre).

El cristo del templo quedó mutilado por la explosión.

Sin rumbo y sin camino

En los días posteriores la comunidad bojayaseña tomó la decisión de desplazarse masivamente hacia Quibdó, y Yurley y su familia también lo hicieron. En los primeros días de septiembre de ese mismo año las familias retornaron; sin embargo, de la familia de Yurley solo regresaron sus padres. Ella y sus hermanos se quedaron en la capital chocoana y allí continuaron sus estudios.

Con los años surgió la idea de trasladar el pueblo a un sitio lejos de las inundaciones. La mudanza se dio en 2005. Y así, la cabecera municipal de Bojayá quedó ubicada a un kilómetro arriba por el mismo costado del río y se llamó Bellavista Nuevo. “Duré varios años allí en Quibdó y terminé el bachillerato, cuando regresé a la región ya me tocó el Bellavista Nuevo”, recuerda Yurley.

En 2016, la comunidad pidió que se hicieran nuevamente las exhumaciones para identificar los cuerpos, labor que arrancó en mayo de 2017 y que concluyó en noviembre de 2019. Luego de ser entregados y plenamente identificados, sus familiares pudieron velarlos con alabos y cantos que contaban cómo dolía el alma, cómo extrañaban sus abrazos y cómo tenían la certeza de que los cuidaban desde el infinito. Sus restos fueron enterrados en un panteón dispuesto para ello en el Bellavista Nuevo.

En total, se entregaron 99 cofres que se inhumaron debidamente en un mausoleo construido para 78 cuerpos. Se creó una fosa llamada 75 que corresponde a los restos misceláneos que no pudieron ser asociados a los otros cuerpos identificados, un cuerpo no identificado de un menor cuya edad oscila entre cuatro y ocho años, nueve bebés que murieron en el vientre de sus madres y ocho víctimas que continúan desaparecidas; todo ello sin contar la entrega simbólica de dos cuerpos que no fueron hallados.

En 2016, Yurley recibió su indemnización por parte de la Unidad para las Víctimas y ha participado en la estrategia de recuperación emocional que adelanta la entidad con las víctimas del conflicto.

Hoy, Yurley, con casi tres décadas y media de vida, reparte su tiempo entre la crianza de sus tres hijos, el trabajo como madre comunitaria y administra un hotel que es propiedad de su padre, y aunque tiene una cicatriz física producto de la explosión de la pipeta, ya curó las heridas del alma: “No odio a nadie, no odio a los que tanto daño le hicieron a mi familia y a mi comunidad, lo que sí tengo claro es que deben pagar y tener su castigo por ese hecho”.

Por César A. Marín C.

*Periodista de la Unidad para las Víctimas

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