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El exnarco que comprobó que el ‘dinero fácil’ es mentira

Tuvo miles de dólares y euros en sus manos, estuvo preso en cinco países, escribió un libro y dice que las drogas y el alcohol son una perdición.

Corría el año 2000 cuando se conoció el nombre de la nueva Reina Nacional del Café. Angie Sanclemente, representante del Atlántico, se convirtió en el centro de las miradas de una nación a la que le encantan los reinados. Pero la alegría no duró tanto, pues 48 horas después a la reina le quitaron su corona. Una de las reglas del concurso era no haber estado casada y Angie se había divorciado de Alejandro Velásquez Rasch, un sujeto de quien, hasta ese momento, solo se sabía que era comerciante, pero que terminó siendo un narcotraficante.

Alejandro parece un hombre común. Tiene tez blanca y cabello negro con los visos blancos propios del pasar del tiempo. En su antebrazo izquierdo lleva un tatuaje que cubre la cicatriz que le dejó un intento de suicidio y en la parte superior de su mano derecha, entre el pulgar y el índice, hay otro que simboliza su decisión de dejar el alcohol.

Sentado en una silla de centro comercial recordó su juventud. Cuando vivía rodeado de lujos y personalidades en el barrio El Prado, de Barranquilla. Era un niño “bien”, de “buena familia”, que por causas del destino tuvo que abandonar ese exclusivo sector y mudarse para Los Nogales, otrora fortín de los traquetos marimberos y cantantes de vallenatos que hacían parrandas todos los días.

“Yo pasé de la vida tranquila y de lujos de El Prado a Los Nogales, donde también había lujo, pero producto del tráfico de droga. Ahí conocí gente que ponía en la mesa una botella de wisky y un kilo de coca para empezar la fiesta”, recordó. A sus 16 años, ese mundo lo atrajo. Rápidamente conoció a sus vecinos y de ahí en adelante la vida desenfrenada no paró. Solo cuando la muerte estuvo cerca pensó que era mejor decir ya no más.

Alejandro Velásquez Rasch durante su niñez en el barrio El Prado, de Barranquilla. Cortesía.
Preso en el extranjero
Alejandro conoció gran parte del mundo debido al tráfico de drogas, pero también estuvo preso en cinco países. Cortesía

En 1986, Alejandro y un grupo de sus amigos, en medio de una parranda, decidieron viajar desde El Rodadero hasta Barranquilla, pero todos en el vehículo iban ebrios. El conductor chocó con otro automotor y dos personas murieron.

En ese momento fue que yo recapacité y vi que la vida que llevaba no era buena. Entonces, en 1989 me fui para Estados Unidos a buscar un mejor futuro. Cuando llegué a Miami y vi la vida allá, pensé que esa era la vida que quería. Viví la vida de inmigrante como cualquier persona. Hice trabajos que en Colombia no haría”, rememoró.

Pero un día cualquiera de 1991 fue tentado por la delincuencia. “Llegué a un centro comercial y me encontré con un conocido. Me propuso ‘una vuelta’. Yo solo tenía que recibir una encomienda de droga. Al principio le dije que no, pero después accedí. Cuando le abres la puerta al diablo, él viene con todo”, afirmó.

Pero la ‘vuelta’ no salió bien. Los narcos estaban probando una nueva ruta que finalmente no funcionó y por eso Alejandro fue capturado. Estuvo casi tres años preso en Estados Unidos y luego fue deportado a Colombia.

Empecé a trabajar con mercancía que traía de Estados Unidos. Eso me llevó al lavado de dinero, conocí ese mundo del contrabando y el lavado. Pero en medio de los negocios terminé quebrado y con una deuda”, dijo Alejandro. La única forma de pagar era transportando droga.

“Me sacaron un pasaporte español. Viajé desde Caracas a San Juan (Puerto Rico) y ahí se dieron cuenta de que el pasaporte era falso. Me devolvieron a Caracas. Entonces me dieron otro pasaporte y viajé desde  Maracaibo a Panamá  y a Houston. Ahí inmigración me permitió ingresar, pero se dieron cuenta de que el pasaporte era falso. Duré tres años viviendo en Miami recibiendo marinos que transportaban la droga”, afirmó.

La vida delictiva de Alejandro continuó llena de lujos, mujeres y problemas. Entre 1991 y 2019 estuvo preso cinco veces en Estados Unidos, Perú, Ecuador, México y Holanda. Fue en este último país, el que considera un paraíso para los narcotraficantes, donde, aseguró, su vida cambió.

Haciendo recapacitar

“Yo estuve preso 16 meses en la cárcel de Ter Apel, fue la última vez que estuve en la cárcel. Las celdas en Holanda son diferentes. Tienen televisor, microondas y son individuales. Una noche sentí que Dios me hablaba. Me mostró el camino que debía seguir, me mostró mi vida y sentí que dentro de mí una voz me decía ‘ya no más’”, afirmó el exnarco.

Entonces empezó a escribir. En cada página, una historia, un pedacito del pasado, un encuentro consigo mismo. Se dio cuenta de quiénes eran sus amigos, de todo lo que había perdido y todo lo que hizo para terminar en esa cárcel, que aunque era cómoda en comparación con otras en las que había estado, no dejaba de ser cárcel.

“Fueron 16 meses que estuve preso y ahí descubrí a Dios. Escribí mi libro ‘Dinero fácil, la mentira que atrapa’. Ahí cuento todo lo que me pasó. Es una historia para que quien la lea aprenda lo malo que son el alcohol y las drogas. Uno no puede pensar cuando consume alguna de las dos”, afirmó.

Alejandro contó con suerte. Una vez salió de la cárcel en diciembre de 2019, una organización no gubernamental que ayuda a inmigrantes en Holanda le colaboró para que no fuera deportado, sino que le permitieran salir de ese país como un turista más. “Me compraron los tiquetes, me entregaron mis documentos y hasta me dieron dinero para que cuando llegara acá tuviera con qué comenzar de nuevo”, contó.

Ahora en Barranquilla empezó a comercializar su libro a través de diferentes plataformas, pero lo más importante es que lleva su historia en conferencias con las que busca que, sobre todo los jóvenes, se alejen de las drogas y el alcohol.

“Yo hablo con las personas y les muestro el mundo real. Es que a veces la gente cree en el dinero fácil y eso es mentira. El dinero nunca es fácil. Una cosa te lleva a la otra y cuando te das cuenta ya estás en el fondo. Eso es lo que les digo y se los demuestro con mi historia”, dijo.

Durante la pandemia tuvo que ingeniárselas para subsistir, pero la ayuda de sus familiares –que nunca estuvieron en el mundo de las drogas y a quienes no atendió cuando lo aconsejaban– le permitió pasar la temporada con todas las comodidades.

“Dios es grande. Yo llegué sin nada y al poco tiempo me regalaron un celular, conseguí dónde vivir, me entregaron el dinero que tenía en una cuenta y que el FBI me había congelado. Entonces me di cuenta de que ya estaba en el camino correcto y que debía seguir en él. Por eso quiero que los jóvenes escuchen este testimonio y se alejen de lo malo”, expresó.

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