Hay dos formas equivocadas de leer la política internacional: creer que alguien está loco o creer que tenía todo calculado. Son extremos cómodos, porque evitan pensar, y aun así generan profusos análisis.
Constitucionalmente el presidente es el símbolo de la unidad nacional. No está autorizado a lanzar “bolas” sin pruebas. Las palabras de un presidente son hechos políticos y jurídicos per se. Él está obligado a decir si esas grabaciones existen, quién las hizo, por orden de quién y cómo las escuchó.
Además, la preocupación por el hato es inconsistente con sus ataques a la ganadería, como lo es el ataque a las exportaciones ganaderas con el discurso de que las agropecuarias reemplazarán la renta petrolera. Me quedo con la sensata declaración de la ministra: “No se puede prohibir exportar carne, pero se debe garantizar abastecimiento”.
Este panorama implica la urgencia de mantener redes de apoyo social que faciliten el acompañamiento emocional y sicológico, —como se da en la familia extendida—, que permita erradicar el edadismo, y reconocer el valor y acervo que guardan los mayores; nuestro compromiso debe ser que cada familia cuide a sus abuelos.
No podemos permitir que todo se vuelva paisaje. No podemos acostumbrarnos a que lo grave deje de importarnos. Porque detrás de cada noticia hay algo real: decisiones que afectan vidas, derechos que se ponen en juego, problemas que no desaparecen porque dejemos de mirarlos.