¡Ay Ciudad! Desde cuando abriste tu puerta y tus brazos a esos hijos adoptados, familias inmigrantes llegadas a tus playas con nada más que esperanzas, de idiomas extraños, con ganas de seguir adelante y la fe de lograrlo. Adoptaste hijos agradecidos, crearon industrias, empresas y desarrollos que determinaron buena parte del progreso colombiano.
Hoy podríamos verlos, simplemente, como dos caras distintas de una misma creación verdadera. Distintos solo en las formas, idénticos en la genialidad. No recibieron el Nobel por la misma razón: el Nobel no los merecía.
Como compartí con esa multitud vibrante, el secreto de la aceleración no reside en hacer más, sino en tener la valentía de tomar decisiones distintas y sostenerlas en el tiempo para que este año deje de ser una espera y se convierta en nuestro punto de no regreso.
La Guajira también sintió el impacto. Menores exportaciones significaron menos regalías e impuestos, recursos fundamentales para impulsar programas sociales e infraestructura en una región que depende de estos aportes.
Lo que está cambiando no es solo el mapa de poder, sino también la forma de ejercerlo. Antes, el instrumento privilegiado era el poder militar. Hoy, el arma principal es el poder comercial. Países que durante décadas defendieron los acuerdos de integración como ventajas competitivas ahora los usan, o los incumplen, como herramientas de presión política.