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Desde lejos desborda seguridad, mira con dulzura y sonríe sin pena. No le tiene miedo a las cámaras, pues a sus escasos once años ha danzado un sin número de veces frente a estas. Lo ha hecho en escenarios, en la Vía 40 o en cualquier espacio en el que ha representado con orgullo el valor de ser una negrita puloy: su herencia. Y sus palabras lo confirman.

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“Por mi mamá, por mis tías abuelas, yo participé en las Negritas Puloy y eso ayudó también a motivarme. (...) Quiero aprender de ellas”, asegura Lucía Vélez Montes, quien desde ya entiende la responsabilidad de pertenecer a la cuarta generación de las Negritas Puloy de Montecristo, una comparsa de tradición, con 42 años de existencia en el Carnaval de Barranquilla y símbolo de empoderamiento femenino.

Con su maquillaje colorido, pelucas rizadas, trajes con bolitas blancas, labios rojos y tirando besos, las Negritas Puloy son parte de la esencia que hace vivo al carnaval para conservar su patrimonio y encanto a nivel mundial.

El origen de la negrita puloy se remonta a la década de los 60, cuando Natividad López de Altamar creó este disfraz –inspirado en una empleada doméstica– para disfrutar de los bailes de carnaval junto a sus amigas, pues las mujeres no podían acceder sin la compañía de un hombre. Tras su auge, la nuera de Natividad, Isabel Muñoz, junto a su hermana Martha Muñoz decidieron fundar Las Negritas Puloy de Montecristo en 1984.

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Desde entonces, las hermanas Muñoz han heredado su legado a nuevas generaciones, siendo Lucía, sobrina segunda de ambas y una de las pequeñas herederas de esta comparsa, quien bailaba mucho antes de nacer. “Desde que mi mamá se embarazó de mí”, confirma Luchy, como le dicen de cariño.

Lucía Vélez Montes baila desde la barriga de su madre en las Negritas Puloy de Montecristo.

Además de ser familia de las fundadoras de las Negritas Puloy, Lucía cuenta que decidió pertenecer a esta comparsa motivada por “su presentación, su alegría, sus vestuarios, que son muy coloridos y muy brillantes”. Luego resalta las razones por las que ama tirar besos y vestirse de rojo con lunares blancos.

“Me encanta porque yo ya no tengo que utilizar peluca, porque ya tengo mi pelo natural”, dice la niña de once años con un desparpajo que cautiva a todos, reafirmando lo segura que está de ella y de sus raíces, aquellas que piensa honrar toda la vida.

Lucía, como muchas niñas que nacieron en la Arenosa, sueña con ser reina del Carnaval de Barranquilla, pero también anhela ser veterinaria y bailarina profesional, tanto así que desea bailar para siempre hasta “aunque estuviera muerta”.

María Marcela, su prima y profesora

Las primeras maestras de Luchy fueron su madre, Olga Montes, y sus tías Deisy y Martha. Actualmente, lo es su prima María Marcela, quien es la coordinadora del semillero de las Negritas Puloy de Montecristo.

“Aprendí a bailar, pues, de Mari, María Marcela, de mis tías. Una tía mía tiene una escuela de danza y me ayudó mucho a bailar. Cuando yo no sabía, ella me enseñó mucho”, recuerda la niña de cabello afro y sonrisa radiante.

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Detrás de cada coreografía, cada baile y cada ensayo, está la esencia de María, una coreógrafa no de profesión, pero sí de pasión. Ella dirige aproximadamente a 40 niñas entre los 2 y 13 años que se roban las miradas en cada desfile y son el futuro de esta tradición.

Martha y María Marcela, madre e hija, son las encargadas de dirigir el semillero de la comparsa.

“Ha sido un proceso muy enriquecedor mirar hacia atrás y verme chiquitita bailando en la Vía 40 con mi familia, y pues ver el resultado que todo eso ha logrado. En el día de hoy he liderado como tal el semillero y a las adultas. Un proceso que no ha sido fácil porque, obviamente, el traspaso generacional ha sido un poquito difícil, al meter nuevas ideas, sin dejar atrás la tradición que encarna la negrita puloy”, explica la joven de 27 años, quien representa la tercera generación de esta comparsa llena de coquetería.

Hay Negritas Puloy de Montecristo pa’ rato

Martha Muñoz, una de las fundadoras de las Negritas Puloy de Montecristo, sabe que su herencia está en buenas manos. Tanto ella como su hermana aseguran que la picardía de estas mujeres seguirá brillando en el Cumbiódromo y llevando un mensaje de empoderamiento.

“Que vivencien todo este amor por el carnaval, que lo sientan, que sientan la música, que la disfruten, que este carnaval es una herencia, una herencia que nosotros estamos dejando, especialmente a las niñas de nuestra familia. Ahora que se cumplieron los 40 años se le entregó, como quien dice, la herencia a Lucía, que es la cuarta generación”, comenta Martha, madre de María Marcela, a quien sin duda le ha transmitido sus saberes.

No solo es Lucía. Las pequeñas Elissa, Evangeline y Elena, también sobrinas de Martha, pero residentes en Remolino, Magdalena, son parte de ese legado por el que tanto ha trabajado la familia Muñoz para continuar engrandeciendo su historia en la fiesta más grande del país.

“En total, ya son cuatro niñas que tenemos de la cuarta generación que ya salen con nosotros desde muy pequeñitas, desde los 2 años, y pues vemos que ellas sí tienen el amor por el carnaval y por la comparsa”, indica la matriarca.

Con la misma seguridad que le ha enseñado a Lucía, Martha concluye: “Me siento orgullosa, me siento feliz porque sé que he hecho un buen trabajo (...) He sabido transmitir toda esa tradición, todo ese empoderamiento para que ellas mañana sean las que dirijan la comparsa”.

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Y así es, Luchy es evidencia de esa pasión. Ella es consciente de la alegría que se vive en las fiestas del dios Momo, por eso su mensaje es claro para los niños y niñas: “Valoren mucho el carnaval, hay que vivirlo bailando, sonriendo y disfrutando”.

Así que el legado de las de Montecristo va para largo porque, como dicen ellas: ¡Mujer que se respete, baila en las Negritas Puloy!