El primer año de Donald Trump en su regreso al poder ha estado marcado por una estrategia internacional que privilegia la demostración de fuerza sobre la construcción de consensos, con resultados desiguales y un impacto profundo en la percepción global de Estados Unidos.
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Lejos de inaugurar una etapa de previsibilidad, la Casa Blanca ha optado por un estilo de liderazgo que combina decisiones unilaterales, retórica confrontacional y una lectura transaccional de las alianzas, lo que ha reconfigurado el tablero geopolítico en múltiples frentes.
Venezuela: política unilateral
La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro se ha convertido en el símbolo más contundente de esta política. Presentada por Washington como una victoria contra el autoritarismo y el narcotráfico, la operación ha sido interpretada por amplios sectores internacionales como una ruptura de los principios básicos de soberanía y derecho internacional.
La campaña contra el ahora expresidente venezolano fue subiendo de tono, al igual que las amenazas que el republicano fue lanzando también sobre el jefe de Estado colombiano, Gustavo Petro.
Pero hasta ese momento todo parecía desarrollarse más o menos sobre la dinámica del acrónimo TACO (siglas en inglés de “Trump siempre se acobarda”), que se acuñó este año en Wall Street.
Y entonces llegó el asalto sobre Caracas y la detención de Maduro para llevarlo ante la justicia estadounidense por supuesto narcoterrorismo.
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Ese mismo 3 de enero, Trump aseguró al mundo en rueda de prensa que su país gobernaría Venezuela hasta que se complete una transición, mientras distintos miembros de su administración subrayaron que Washington no permitirá que las Américas se conviertan en un refugio seguro para narcotraficantes, “regímenes hostiles” o potencias externas.
“Esto es un claro ejemplo de la determinación de demostrar al mundo que EE. UU. está decidido a usar la fuerza bruta para imponer su voluntad en todo el mundo, particularmente en América. Y que no se ve limitado por las normas del derecho internacional o nacional ni por las normas de coexistencia pacífica con otros países”, explicó el profesor de la American University y exdirector de su Centro de Estudios Latinoamericanos y Latinos, Eric Hershberg.
Un mes antes de capturar a Maduro, la Casa Blanca había publicado su Estrategia de Seguridad Nacional, disipando cualquier duda sobre su nueva concepción del mundo.
El documento, además de retratar a la Unión Europea (UE) como un socio problemático y esbozar un plan de injerencia que evite que la “vieja civilización” europea desaparezca víctima de la inmigración, insta a resucitar la Doctrina Monroe, que a principios del siglo XX concibió que el continente americano en su totalidad debía ser una zona libre de potencias externas y quedar exclusivamente bajo la influencia de EE. UU.
Tanto el libreto como el apresamiento de Maduro han llevado a muchos analistas a apuntar que el mundo parece ahora dirigido a un escenario similar al que se produjo entre finales de los 1800 y el inicio de la I Guerra Mundial en 1914, que estuvo marcado por una visión del mundo basada en las esferas de influencia y las zonas de dominio colonial concebidas por las grandes potencias.
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Para Hershberg, a Trump “le resulta muy conveniente imaginar este universo del audaz Teddy Roosevelt del siglo XIX montando a caballo. Pero no tiene fundamento. Se trata simplemente de ejercer su autoridad de manera arbitraria”.
“Nada ha cambiado realmente (con la deposición de Maduro), pero supongo que el mundo está prestando ahora más atención”, dijo Hershberg.
“El mundo debería prestar mucha atención. Esta es una fuerza extraordinariamente violenta e ilegal en los asuntos internacionales. Es una grave amenaza para Ucrania. Es una grave amenaza para Taiwán. Es una grave amenaza para todos”, concluyó.
A cuenta de lo que depara 2026, la mayoría de expertos coincide en señalar la imprevisibilidad del actual Gobierno estadounidense, liderado por un presidente que, tal y como escribe Margaret MacMillan en The New York Times, es alguien que “disfruta del ejercer su poder en el país y en el exterior, pero cuya atención oscila entre construir un nuevo salón de baile en la Casa Blanca y librar una guerra no declarada contra Venezuela”.
Más allá del impacto inmediato en Venezuela, el episodio ha enviado un mensaje inequívoco a la región: Estados Unidos está dispuesto a actuar de forma directa cuando considere que sus intereses están en juego. Este precedente ha generado inquietud en América Latina, donde gobiernos aliados y críticos temen que la lógica de intervención pueda extenderse a otros escenarios bajo distintos pretextos.
Ucrania, la promesa incumplida
En Europa oriental, la promesa de Trump de poner fin a la guerra en Ucrania “en 24 horas” se ha transformado en uno de los mayores contrastes entre discurso y realidad. El conflicto continúa, evidenciando que ni la presión diplomática ni la negociación forzada han sido suficientes para acercar posiciones entre Moscú y Kiev. El estancamiento ha debilitado la credibilidad de Estados Unidos como mediador eficaz y ha expuesto los límites de una política exterior que subestima la complejidad histórica, territorial y estratégica de los conflictos armados prolongados.
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A lo largo de los últimos doce meses, Trump ha pasado del optimismo inicial y repetir que cerrará la guerra en un solo día a aceptar la complejidad del conflicto y asumir que la solución no llegará en el corto plazo.
“No es una situación fácil, debo decirles. Qué desastre”, explicitó el pasado diciembre.
El cambio de opinión de Trump sobre esta guerra, que insiste en haber heredado de sus predecesores Joe Biden y Barack Obama, ha evolucionado en paralelo a su relación con sus homólogos ruso y ucraniano.
Si con el presidente de Rusia, Vladímir Putin, la familiaridad inicial ha dado paso a una abierta y evidente desconfianza pública –“estoy muy decepcionado”, aseguró Trump este mismo enero–, la relación con Volodímir Zelenski ha parecido seguir un camino inverso.
La relación entre Donald Trump y Zelenski atravesó su momento más crítico en febrero, durante un tenso encuentro en el Despacho Oval que expuso públicamente las fricciones entre ambos líderes. Trump acusó al presidente ucraniano de ser “desagradecido” por la ayuda recibida y de “jugar con las vidas de millones de personas”, llegando incluso a advertirle que estaba poniendo en riesgo una tercera guerra mundial. Aunque semanas después, ambos suavizaron el tono en una conversación privada en el Vaticano, al margen del funeral del papa Francisco, que la Casa Blanca calificó ese diálogo como “muy productivo”, los gestos diplomáticos no se tradujeron en avances reales. Los ataques rusos se intensificaron, los intentos de negociación —incluida una reunión en Turquía con participación de Estados Unidos— fracasaron, y ni siquiera el breve alto el fuego anunciado por Moscú en mayo logró destrabar el conflicto.
Las expectativas de Trump de cerrar la guerra fueron diluyéndose con el paso de los meses, pese al renovado optimismo que rodeó la cumbre con Vladímir Putin en Alaska, en agosto. El séptimo encuentro entre ambos mandatarios, celebrado en la base aérea de Anchorage, concluyó sin acuerdos concretos tras más de tres horas de conversaciones, dejando al presidente estadounidense visiblemente frustrado y “muy decepcionado” con su par ruso. Posteriormente, una propuesta de paz impulsada desde Moscú generó inquietud en Europa por sus concesiones a Rusia, aunque derivó en un plan de 20 puntos aceptado en gran medida por Kiev. El principal obstáculo sigue siendo la negativa ucraniana, respaldada por sus aliados, a ceder territorios ocupados, especialmente en Donetsk. Las últimas reuniones entre Trump y Zelenski confirmaron el estancamiento y consolidaron una conclusión inevitable: lejos de resolverse en 24 horas, la guerra en Ucrania se ha convertido en un proceso largo, complejo y sin una salida inmediata a la vista.
Gaza, fuerza sobre diplomacia
Medio Oriente ha sido otro escenario clave de esta doctrina. La llamada “paz mediante la fuerza” aplicada en Gaza ha reforzado la alianza incondicional con Israel, pero al costo de profundizar la crisis humanitaria y aislar a Washington de amplios sectores de la comunidad internacional.
Si bien la administración Trump sostiene que la estabilidad solo puede imponerse desde una posición de superioridad militar, los hechos sugieren que este enfoque ha endurecido posturas, reducido los márgenes de negociación y debilitado el rol de Estados Unidos como actor equilibrador en una región altamente volátil.
Esta estrategia se tradujo en una presión sostenida sobre Gaza que la Casa Blanca justificó como condición necesaria para desarticular a Hamás y forzar un nuevo orden de seguridad en la región. Trump defendió la idea de que solo una demostración inequívoca de poder permitiría abrir, más adelante, un horizonte de reconstrucción económica y estabilidad duradera. Sin embargo, sobre el terreno, los resultados fueron ambiguos: los combates y los bombardeos continuaron, el número de víctimas civiles siguió creciendo y los corredores humanitarios se mantuvieron frágiles y limitados. Lejos de allanar el camino hacia una solución, la política estadounidense fue vista por amplios sectores de la comunidad internacional como un factor que endureció posiciones y redujo los márgenes para una negociación real.
En el plano diplomático, el enfoque de Trump también tuvo costos significativos. Estados Unidos quedó cada vez más aislado en foros multilaterales, enfrentando críticas de aliados europeos y de organismos internacionales que reclamaban un alto el fuego más amplio y garantías para la población civil. Al mismo tiempo, la ausencia de una iniciativa política integral para el día después en Gaza dejó un vacío estratégico que otros actores regionales intentaron llenar, con resultados limitados. Al cierre de su primer año, la política de Trump hacia Gaza consolidó una imagen de firmeza y alineamiento absoluto con Israel, pero también evidenció las limitaciones de una estrategia centrada casi exclusivamente en la fuerza militar, sin avances sustantivos hacia una paz sostenible ni una solución duradera al conflicto.
Groenlandia: el poder como instrumento de apropiación
Así mismo, la mención recurrente de Groenlandia como un territorio de interés estratégico ha añadido un componente simbólico y preocupante a este primer año. Más allá de su valor geopolítico en el Ártico, las amenazas económicas y el lenguaje de presión hacia Dinamarca han tensado relaciones y reavivado temores sobre una política exterior que concibe el poder como un instrumento de apropiación más que de cooperación. Para Europa, este episodio ha sido una señal de alerta sobre la fragilidad de las alianzas tradicionales bajo el actual liderazgo estadounidense.
Desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, el presidente estadounidense ha confirmado un giro ya anticipado en su primera presidencia, marcado por el distanciamiento del multilateralismo, el uso del comercio y la seguridad como instrumentos de presión y un cuestionamiento abierto incluso hacia aliados históricos.
La presión sobre Groenlandia, territorio ártico semiautónomo de Dinamarca, ha llevado esta dinámica a un punto crítico y ha reforzado la percepción de que Washington está dispuesto a poner en duda la soberanía de países aliados si considera que sus intereses estratégicos —en este caso, frenar la influencia de China o Rusia— están en juego. Las reacciones europeas han combinado intentos de diálogo, refuerzo militar y respaldo político a Copenhague, mientras la Comisión Europea ha recordado que el territorio podría quedar amparado por la cláusula de asistencia mutua del bloque.
Este episodio ha acelerado un debate ya latente en la Unión Europea sobre la necesidad de una mayor autonomía estratégica y una política de defensa propia. La creciente sensación de imprevisibilidad de Estados Unidos ha empujado a Bruselas y a las capitales europeas a reforzar sus capacidades militares y a replantear su dependencia de Washington, sin renunciar formalmente a la OTAN.
En 2025, los países europeos aliados se comprometieron a elevar de forma sustancial su gasto en defensa y la Comisión anunció una nueva estrategia de seguridad orientada a reducir dependencias externas. Paralelamente, ha resurgido la idea de crear un pilar europeo de defensa, incluso dentro de la OTAN, una posibilidad que líderes como Emmanuel Macron han defendido con mayor contundencia tras advertir que una violación de la soberanía de Groenlandia tendría consecuencias graves y en cadena. El pulso abierto por Trump no solo ha tensado las relaciones transatlánticas, sino que ha reforzado la convicción en Europa de que su seguridad futura ya no puede descansar exclusivamente en su histórico aliado estadounidense.
Erosión del apoyo interno
En el plano interno, estas decisiones también han tenido costos políticos. La acumulación de frentes abiertos, la falta de resultados rápidos y la percepción de un liderazgo impredecible han erosionado el apoyo de sectores moderados dentro de Estados Unidos. Crecen las críticas desde el ámbito académico, diplomático y empresarial, que advierten sobre el desgaste del liderazgo global del país y los riesgos económicos y de seguridad asociados a una política exterior basada en la confrontación constante.
Así, el balance del primer año de Trump en el poder muestra una presidencia que ha logrado imponer agenda y protagonismo, pero a cambio de una creciente incertidumbre internacional y de un cuestionamiento profundo al rol histórico de Estados Unidos como garante del orden global. El desafío hacia adelante será determinar si esta estrategia puede sostenerse sin aislar aún más a Washington ni profundizar las tensiones en un mundo ya marcado por conflictos persistentes y frágiles equilibrios.





















