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Viviana Vargas Vives
Mujer e Igualdad

“No se puede vivir con tanto dolor”: Viviana Vargas Vives

La abogada dice que la sociedad barranquillera promueve el silencio cuando el victimario forma parte de un círculo social “alto”.

La abogada Viviana Vargas Vives reveló, en un sobrecogedor relato, que fue víctima de abusos sexuales cuando era una niña. Le tomó 30 años superar la culpa, el miedo y la vergüenza para hablar de la agresión que marcó su vida y la relación con su familia, al punto de querer lastimarse muchas veces. Hoy reclama justicia y anticipa su nueva misión en defensa de las víctimas de la violencia de género.

P.

¿Qué tal está ahora, luego de romper su silencio de 30 años?

R.

Recién decidí hablar la ansiedad y la angustia se apoderaron de mí. No sabía lo que me esperaba, y aunque fue liberador romper el silencio, también fue miedoso. Llevé este secreto tanto tiempo conmigo que soltarlo fue casi como parir, me sentí vacía por dentro, pero al mismo tiempo aliviada. Liviana. 

P.

¿Cómo aguanta esta tormenta que hoy sacude su vida, qué le da fuerzas?

R.

Mis hijas. Mis hijas me dieron la fuerza para hacerlo. Y mis hijas me dan fuerzas para soportarlo. Mi familia está más unida que nunca. Mi dolor es el de ellos, y mi sanación también es la de ellos, el amor inagotable que recibo me empodera y me hace fuerte. Pero algo increíble que he descubierto ahora y que jamás me imaginé, ¡la gente! Esa gente que se ha acercado a mí a contarme sus historias o a manifestarme su apoyo y su solidaridad. Toda esa gente que sin conocerme me cree, me escucha. Esa gente es la que me va a mantener fuerte y firme. ¡Me llenan de ganas y de motivos!

P.

El estremecedor episodio de la niña Salomé, abusada y brutalmente golpeada en el Huila, la impulsó a contar su caso. ¿Qué le pasó por la mente, qué sintió antes de sentarse a escribir el mensaje que lo reveló todo?

R.

La historia de Salomé me partió el corazón. Pensé en los últimos minutos de su vida y la tristeza fue tan grande que reventé en llanto. Luego sentí rabia, impotencia, mucha, mucha indignación. Ya no soportaba más esto. ¿Cuántas más tenían que ser violadas, abusadas, asesinadas, para que yo reaccionara? Cuando me senté a escribir mi mensaje, lo hice con indignación. Aunque sentí nervios y hasta malestar físico mientras lo hacía, me pudo más el dolor y la convicción de que no podía postergar esto más. No había vuelta atrás.

P.

¿Cómo se puede vivir tanto tiempo guardando un dolor tan profundo?

R.

Precisamente, no se puede vivir. Se sobrevive. Pero no se vive de verdad. Todo en mi vida terminaba siendo de alguna manera una consecuencia de ese momento. Aunque he tenido periodos en mi vida de mucha alegría y felicidad, ese dolor de alguna forma buscaba la manera de colarse nuevamente y salir a la superficie. Tarde o temprano, la tristeza reaparecía.

Viviana y su hermano Jaime eran inseparables. Fue precisamente él quien reveló en Facebook el nombre de quien fuera su agresor.
P.

¿Su verdad oculta ha marcado de alguna manera la relación con sus hijas, con su familia, con su entorno personal o laboral?

R.

Por supuesto. Un secreto de tantos años va sembrando culpas, miedos, desconfianzas, inseguridades y vergüenzas.  Con mis hijas fue como revivir mi temor de niña. Sentir miedo por dejarlas en libertad. Verlas en su inocencia me sacudía el recuerdo más doloroso. Con mi familia siempre existió una especie de vergüenza. Mi agresor me convenció de que lo que ocurrió había sido mi culpa, que yo lo había buscado o provocado, que en mi afán por recibir su afecto y atención yo había generado esta situación. Me creí el cuento. Me sentí avergonzada durante muchos, muchos años, incluso cuando hablé lo hice con infinita vergüenza. En mi entorno laboral se me dificulta mucho el trabajo con hombres, siempre existe la sensación de desconfianza.

P.

¿Qué es lo que más le estremece cuando evoca el abuso sexual del que fue víctima cuando era una niña tan pequeña?

R.

La inocencia que perdí. La infancia que no pude tener. Veo a mi hija que se aproxima a la edad que yo tuve cuando me abusaron, la veo en su dulzura, en su ingenuidad, en su pureza, y me duele a mí haberla perdido tan temprano.  Me vienen imágenes escalofriantes a mi mente, de esos momentos, de cómo me paralicé, como pensaba que lo que me estaba pasando era una muestra de amor de esta persona hacia mí, crecí convencida de que el abuso era lo que me merecía. Es muy triste.

P.

¿Cuándo fue consciente de que era víctima de abuso sexual o que lo había sido, en qué momento lo supo?

R.

En mi adolescencia. Cuando me volví mujer y empecé a tener mayor relación con mi cuerpo. Cuando comencé a  tener  mayor cercanía con el sexo opuesto me di cuenta de que lo que yo había vivido no había sido normal. No había sido afecto. Había sido una agresión. Había sido violencia.

P.

¿Nadie se enteró de lo que estaba padeciendo? ¿Era tal el nivel de confianza que la dejaban sola con quien terminó agrediéndola sexualmente, según su denuncia?

R.

En ese momento nadie lo sospechó, a pesar de que muchas cosas sucedieron en mí y en mi cuerpo que lo manifestaban. Sin embargo, esta persona, quien me conoció además desde que yo era una bebé recién nacida, se había, muy astutamente, ganado el cariño y la confianza de mis padres. Aparentaba ante ellos ser una persona intachable.

María Silene Vives fue el principal soporte de Viviana para sobrevivir al horror de la violación y salir adelante.
P.

¿Qué hacía la niña, la adolescente, la joven Viviana Vargas para seguir adelante?

R.

Durante mucho tiempo estuve perdida, deambulando por la vida, cometiendo errores, tratando de agredirme. A mí lo que me salvó fue el amor de mi familia, que fue testigo del infierno que vivía y que siempre estuvo ahí para mí. Nunca se dieron por vencidos.

P.

¿Su comportamiento, su actitud no “gritaba” lo que guardaba su corazón?

R.

Sí. Sí lo gritaba, a voces. Dejé de ser una niña alegre y extrovertida para volverme una niña que guardaba una rabia dentro de sí, que explotaba en estados depresivos, en un llanto sin motivo. Dejé a un lado las risas y el juego por la amargura y la tristeza que cargaba conmigo. Me quise lastimar muchas veces.

P.

¿Habló en el pasado con su familia, con amigos o personas cercanas acerca de lo que había vivido en su infancia? ¿Qué ocurrió cuando se los dijo?

R.

Sí lo hice. La primera persona a la que le hablé plenamente consciente de lo que me había sucedido fue a mi madre. También lo he confiado en mis espacios de intimidad con mis parejas y con algunas, muy pocas, amigas. Con mi madre fue algo muy doloroso para las dos. No hubo consuelo. Yo estaba totalmente frágil, rota, destrozada. Ella me rodeó de su amor y de sus cuidados, de poner a mi alcance todas las ayudas necesarias para poder salir adelante, porque sintió miedo de exponerme porque tenía miedo  a que me dañaran más. Mis parejas que supieron de mi abuso, entre las cuales está mi esposo, sintieron mucha rabia y dolor. Impotencia. Algunos, incluso, deseos de tomar la justicia por sus propias manos. 

De ser una niña alegre y extrovertida, Viviana pasó a ser una niña amargada, llena de ira y dolor, con episodios depresivos.
P.

¿Por qué Viviana no reveló el nombre de su agresor y su hermano sí lo hizo?

R.

Mi hermano, quien además es como si fuera mi mello, pues nos llevamos tan solo un año de diferencia, en un momento de intenso dolor ante la impotencia de no haber podido hacer nada para impedir el daño que me hicieron tomó la decisión de decirlo. Él y yo somos muy unidos. Siempre nos apoyamos el uno al otro, y esto para el fue devastador. 

P.

¿Por qué dice que la persona, cuyo nombre dio a conocer su hermano, ya sabe acerca de su revelación?

R.

Porque mi historia ha trascendido. Sin siquiera buscarlo ni esperarlo, mi testimonio llegó a muchas personas y ha capturado el interés incluso de grandes medios de comunicación a nivel nacional. Pero, sobre todo, porque él sabe lo que me hizo. No hay piedra debajo de la cual se pueda esconder ya.

P.

¿Qué aspira que ocurra con él, qué busca?

R.

Mi mayor aspiración es que se haga justicia, más allá de una condena, quiero que él comprenda y reconozca la magnitud del daño que me ha causado. Que ninguna niña ni mujer vuelva a ser su víctima. 

P.

¿Presentará finalmente con su abogado una denuncia formal ante la Fiscalía?

R.

Sí. 

Después de tantos años de dolor, dice que el amor de sus dos hijas la impulsó a contar su historia y ser la voz de otras víctimas.
P.

¿Pensó que su revelación generaría esta respuesta de solidaridad nacional que ha tenido?

R.

No. Jamás. Eso solo es un reflejo de que mi historia es la historia de muchas mujeres en este país. 

P.

¿Cómo se plantea su vida de ahora en adelante?

R.

Tengo una nueva misión, que no busqué ni anticipé, pero se me atravesó en el camino. No puedo ser indiferente ante las voces de tantas mujeres que hoy acuden a mí, que sienten que las represento, que también buscan sanar, que también sueñan con justicia. Mi lucha la doy por ellas.

P.

¿Cómo cambiar la intolerable cultura machista, que es complaciente con las distintas formas de violencia contra niñas, niños y mujeres?

R.

Hay que perder el miedo. Hay que hablar. La cultura machista se sostiene y se mantiene en el silencio que se vuelve cómplice. Hablar nos causa terror porque nuestra sociedad, en especial sociedades como la barranquillera,  promueven el silencio cuando se trata de quienes hacen parte de su círculo, y señalan a las pocas mujeres valientes que se atreven a alzar su voz. Tenemos que entender que un delito como este no es tolerable ni en el más alto y poderoso de los círculos sociales, que quien calla puede ser tan culpable como quien agrede. Que la vergüenza y la culpa son un privilegio exclusivo del abusador y jamás de la víctima. 

P.

¿Qué diría a mujeres y hombres, víctimas de abusos sexuales, que aún guardan silencio?

R.

Cada víctima tiene su proceso y su momento. Pero sí es cierto que por cada uno que hable y cuente su historia más fuertes seremos y menos serán las víctimas. Hay que empezar por hablarlo, en entornos seguros, así sea con una sola persona. El silencio se puede romper de a poquitos, lo importante es romperlo. 

P.

¿Siente que, después de 30 años, ha empezado a sanar?

R.

Sí. Por fin.

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