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El Editorial | Un oasis en el desierto

Ignorar o mirar hacia otro lado no desaparece ni minimiza el atroz delito de la explotación sexual de menores, una infame realidad que expone a las víctimas a un sufrimiento insostenible y las condena a traumas de por vida.

Una vida dedicada a defender los derechos de la niñez en Colombia, especialmente en la Región Caribe, rescatándolos de las peligrosas y miserables redes de tráfico y explotación sexual, le valió a la cordobesa Mayerlín Vergara obtener el premio Nansen 2020, el galardón más importante entregado por ACNUR, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, a nivel mundial.

Hace más de un año, Maye, quien es coordinadora de la Fundación Renacer en La Guajira, dirige un hogar para menores víctima de trata de personas con fines de explotación sexual en Riohacha que ella misma se ofreció a abrir de manera voluntaria. La educadora asegura que “nunca había visto tanto dolor como el que actualmente viven los menores refugiados y migrantes venezolanos en el norte de Colombia”, tras huir de la precaria situación socioeconómica de su nación.

Una insoportable realidad que el país desconoce o simplemente no quiere detenerse a ver: niñas y niños de apenas 7 años rescatados de bares, burdeles, de la calle o de sus propios hogares, donde son sometidos a violencia sexual. Menores que, según ella misma relata, “no quieren abrir sus ojos porque sus vidas han perdido sentido”. Su situación es tan dolorosa que intentan suicidarse.

No son casos aislados. En los últimos meses, la casa hogar de Mayerlín ha atendido a más de 75 sobrevivientes de violencia sexual, principalmente niñas y adolescentes, que migraron con familiares o apenas conocidos e incluso lo hicieron solos. Luego de cruzar la frontera, fueron contactados por explotadores sexuales en las calles. En otros casos, resultaron ser víctimas de organizaciones criminales que las trasladaron desde Venezuela para someterlas a los abusos. 

Terminan encerradas en “casas de pueblos muy pequeños con un proxeneta cobrando y los explotadores entrando”. A estos antros, donde no existe el mínimo respeto por la vida y la inocencia de estas niñas y niños, ingresa Maye y su equipo de la Fundación Renacer para liberarlos de tan monstruosas afectaciones emocionales y físicas, resultado de la brutal violencia sexual que padecen a diario. ¿Cómo puede un cuerpo tan pequeño y vulnerable soportar semejante desarraigo y sufrimiento? Infancias robadas, indefensión y vulnerabilidad extremas, además de estigmatización: las niñas no son prostitutas, son víctimas de explotación sexual, ¡que a nadie se le olvide!

Es hiriente comprobar cómo la pobreza, a juicio de muchos indolentes, ‘justifica’ la explotación sexual de menores con fines comerciales o al menos, la naturaliza. Sin embargo, este es un delito atroz que debe ser denunciado: ignorarlo o mirar hacia otro lado no lo desaparece ni minimiza. Está ocurriendo delante de nuestras narices, no solo en La Guajira, sino en la gran mayoría de ciudades de la Costa. Es infame seguir desconociendo esta realidad que expone a las víctimas a un sufrimiento insostenible y las condena a traumas de por vida.

La crisis humanitaria de Venezuela está lejos de terminar. La migración no se detendrá. Por el contrario, el gobierno colombiano estima que aumentará en los próximos meses, así como el número de víctimas de explotación sexual no colombianas, tal y como ocurrió en los primeros cuatro meses de este 2020.

“Los estados deben proteger a los niños de todas las formas de explotación sexual y violencia sexual”, establece el artículo 34 de la Convención Internacional de los Derechos del Niño. Es obligación de las autoridades hacerlo, pero ante la magnitud de esta tragedia oculta se quedan cortas y las leyes en Colombia, que contemplan penas de cárcel para quien pague por sexo con menores, no siempre se aplican. Es una vergüenza reconocerlo. Esta lucha requiere ser reorientada cuanto antes.

Por eso es tan valiosa la persistente y silenciosa labor de personas como Mayerlín Vergara que enfrentan de manera valerosa a las mafias de tráfico y explotación de menores, logrando ubicar y rescatar a sus víctimas para devolverles la posibilidad de ser niños y recuperarlos emocionalmente, garantizando un proyecto de vida para ellos. Construir esperanza en el dolor, un gran desafío que todos debemos apoyar para llegar a ser una sociedad justa que respeta y protege a sus niños.

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