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Editorial

El Editorial | La muerte de ‘Cienpesitos’

A pesar de ser un delito grave, cometido casi a diario por los armados ilegales, el reclutamiento forzado de menores de edad, en Colombia, se volvió paisaje.

A  ‘Cienpesitos’, el niño payaso, de Repelón, Atlántico, lo torturaron y mataron guerrilleros, en el Cauca, por negarse a cambiar su atuendo multicolor y alegre maquillaje por un camuflado y un fusil. Este aberrante asesinato –saldado con tres balazos, dos de ellos en la cabeza y uno en el pecho, todos a quemarropa, mientras el menor de edad permanecía con sus manos atadas– refleja lo peor de la miseria humana y confirma, una vez más, la absoluta degradación del inacabable conflicto armado en Colombia.

Nacido en una familia dedicada a la vida circense, Alison de Jesús Pérez Medina, de 14 años, disfrutaba haciendo reír a los demás, especialmente a los más pequeños, como lo atestiguan fotografías en las que aparece rodeado de sonrientes chiquillos. No quería convertirse en una máquina de matar. Su corazón risueño y alegre no hubiera soportado ni un solo día sometido al horror de la guerra, condenado a una existencia de inmenso dolor, brutalidad y miedo, en la que en vez de risas y aplausos, recibiría maltratos y abusos.

A diferencia de otros menores de edad que terminan inmersos en la barbarie del conflicto armado mediante engaños o empujados por motivaciones económicas, sociales e incluso familiares, ‘Cienpesitos’ fue arrebatado, literal, del seno de su madre, Mayra Medina, a quien visitaba en la vereda Bombillal, corregimiento El Plateado, municipio de Argelia, en el sur del Cauca. Los señores de la guerra, infames reclutadores de niños y jóvenes en los territorios más pobres de Colombia, curtidos en indolencia y salvajismo, desoyeron el clamor de esta madre que, de rodillas, les imploraba por su muchacho. No hubo súplica que modificara lo inevitable esa noche del martes 17 de noviembre de 2020. Mayra nunca volvió a ver con vida a Alison de Jesús.

Ella, su compañero y una hija, sentenciados a muerte si permanecían en su rancho, huyeron de allí con un espanto clavado en el pecho. Al día siguiente, el presidente de la Junta de Acción Comunal del pueblo confirmó el hallazgo del cadáver de ‘Cienpesitos’ en una trocha. Ninguna autoridad adelantó el levantamiento del cuerpo. Ninguna. Los miembros de la JAC lo envolvieron en un plástico negro, lo subieron a una camioneta que pasaba por allí, y en una hoja de cuaderno redactaron un acta documentando el hecho. ¿Hay alguna investigación en curso de un organismo de seguridad? O acaso, ¿alguien se ha pronunciado sobre este repudiable caso de reclutamiento forzado y asesinato de un menor de edad, delito de lesa humanidad?

Cuatro días después del asesinato de ‘Cienpesitos’, en zona rural de Argelia, cinco personas fueron masacradas en el corregimiento El Mango, otro territorio de nadie, donde hace presencia el Eln, el Clan del Golfo y el frente ‘Carlos Patiño’ de las disidencias de las Farc.

En Colombia, donde 14 mil niños, niñas y adolescentes han sido reclutados, desde 2002, por grupos armados ilegales y estructuras criminales, su inimaginable sufrimiento se convirtió en ‘paisaje’: es como si estuviéramos anestesiados frente al horror de las masacres, asesinatos selectivos y monstruosos crímenes como el de ‘Cienpesitos’. Menores como él, atrapados en la guerra, sin acceso a salud, educación o ayuda humanitaria, están en permanente riesgo de morir, resultar mutilados o ser víctimas de violencia sexual. ¿Qué clase de sociedad incumple la obligación de proteger a sus niños?

A ‘Cienpesitos’ hoy lo lloran debajo de una carpa de circo en el municipio de Sabanalarga, sus familiares y amigos que hicieron ‘vaca’ para sepultarlo en una tierra que no era la suya y en la que encontró la muerte. Parar la guerra es la única forma de terminar con estas tragedias que truncan sueños y roban infancias. Que poner fin al ciclo de violencia contra los niños en el conflicto armado sea un compromiso irrenunciable de los gobernantes en Colombia y una exigencia de toda la sociedad.

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