El Heraldo
Editorial

El caso Djokovic: lecciones de una deportación

El caso de Novak Djokovic, quien perdió la batalla judicial en Australia, fue expulsado del país y se quedó sin poder defender su título en el primer Grand Slam de la temporada, demostró que nadie debe usar su fama, dinero, o reconocimiento, para justificar sus mentiras ni exculpar sus errores.

Once días duró el ‘partido’ más largo que, con toda seguridad, ha debido afrontar el número 1 del tenis mundial, el serbio Novak Djokovic, quien –pese a su condición de máxima figura– terminó amargamente derrotado, no en las pistas, sino en las instancias judiciales de Australia. No podía ser de otra manera. Su irracional testarudez a vacunarse, pero sobre todo su sarta de mentiras para intentar forzar un cambio de las reglas a su favor, no anticipaba un final complaciente para el nueve veces ganador del Abierto de Australia, quien fue deportado con la etiqueta de “peligro para la salud pública”.

Tampoco podrá volver a ese país en los próximos tres años. Es decir, hasta que tenga casi 38, por lo que probablemente podría no volver a disputar el importante torneo. Ni así cambió de opinión. Cabe preguntarse si lo hará frente a los futuros eventos del resto del circuito, teniendo en cuenta que no cumple los requisitos de vacunación con esquema completo para ingresar a varios países, entre ellos Estados Unidos y Canadá. En serio, ¿vale la pena poner en peligro una exitosa carrera, la posibilidad de ganar nuevos títulos o de perder su imbatible número 1 mundial de las últimas 351 semanas, por no vacunarse? Cuesta creerlo. Pero es lo que está pasando con Novak Djokovic.

En medio de la vorágine de contagios desatada por la expansión de la transmisible variante ómicron, el desprecio hacia las normas sanitarias para enfrentar el virus demostrado por el tenista resulta inadmisible, dentro y fuera de Australia. Por un lado, porque los deportistas, en especial las grandes figuras, y sin duda Djokovic –ganador de 20 títulos de Grand Slam- lo es, actúan como referentes para las sociedades, en particular para los jóvenes que los perciben como fuente de valores o modelos a imitar.

Por otro, porque la mínima indulgencia o salida en falso de la justicia australiana ante la actitud reticente del tenista a la inmunización hubiera desatado un impredecible tsunami de reacciones, protestas y hasta movilizaciones de los peligrosos movimientos antivacuna, para fomentar el rechazo hacia los biológicos, en todo el mundo. Frente a los insensatos cuestionamientos de quienes siguen desacreditando, sin ningún sustento lógico, las decisiones de salud pública no caben contemplaciones en aras de priorizar el interés público de salvar vidas. ¡Primero lo primero!

Ni “caza de brujas” ni “maltrato contra un país”. El caso de Novak Djokovic no puede elevarse a una persecución política ni considerarse un conflicto de diplomacia internacional, como ha pretendido hacer el Gobierno de Serbia, en un desafortunado intento de defender lo indefendible, usando el nacionalismo como bandera. El deporte no puede ser entendido como una excepción a las normas, ni sus estrellas, cualesquiera que sean, pueden saltarse, con total impunidad, las mínimas reglas que soportan los principios básicos de convivencia ciudadana. ¿Dónde queda entonces su responsabilidad social?

En uno de los peores momentos de la actual crisis sanitaria, la reprochable posición de Djokovic, que ha permeado a muchos de sus incontables seguidores en todo el planeta, se ha convertido en una potencial amenaza para la credibilidad de la evidencia científica sobre la eficacia de las vacunas. Su penosa actuación le ha hecho un flaco favor al proceso de inmunización, justo ahora cuando se necesita garantizar la mayor protección posible por ómicron. La atención mediática del lamentable episodio, deplorado por los otros grandes tenistas del mundo, ha hecho el resto. En la víspera del prestigioso torneo, la controversia alrededor del serbio logró desplazar el foco de lo verdaderamente importante: el tenis.

Siendo realistas, el Abierto de Australia pierde lustre sin su actual ganador, el número 1 mundial, que no podrá refrendar su título en el primer gran torneo de la temporada. Duro golpe para los amantes de este deporte que no verán en acción a uno de los mejores de todos los tiempos. Pero sensata determinación de la justicia que zanjó, de forma inequívoca, el menor riesgo de que el inaceptable negacionismo sanitario de Djokovic fuera tolerado, por no decir que resultara victorioso, mientras el mundo lucha contra una terrible pandemia. No todo vale cuando los ídolos muestran tener pies de barro.

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