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El Editorial | Contra el machismo impune

Si el Estado, la justicia y la sociedad siguen fracasando en proteger a las mujeres, la alarmante impunidad de género seguirá aumentando y legitimando a agresores sexistas como el individuo que justificó el ataque brutal contra su expareja en Soledad.

Nadie está por encima de la ley. Nadie, mucho menos un maltratador de mujeres puesto en evidencia por vanagloriarse de semejante bajeza, lo que revela su vergonzoso talante moral. Tratar de defender lo indefendible para justificar una brutal agresión contra una mujer es una actitud a todas luces patética, pero sobretodo profundamente estúpida.

En una acción conjunta, el CTI de la Fiscalía y el Ejército capturaron, el pasado domingo, a Rubén Villa De la Hoz por el delito de violencia intrafamiliar agravada en contra de su expareja, una mujer de 31 años, a quien insultó y golpeó salvajemente en un sitio público de Soledad, a finales de febrero, y ayer lunes un juez lo envió a la cárcel por considerarlo un “peligro para la sociedad”. En un video viralizado en redes sociales se le ve cómo enceguecido por el odio golpea inicialmente a un hombre con quien estaba conversando la joven y luego arremete contra ella hasta dejarla tirada en el piso, ante la mirada atónita de varios testigos. Tras ser increpado huye del lugar, no sin antes levantar los brazos asumiendo una posición desafiante con la que vanamente pretendía ejercer control de la situación o demostrar ser el dueño de una verdad que lo legitimaba. Difícil estar más equivocado.

Sus palabras posteriores al repudiable hecho confirmaron la descomunal distorsión de la realidad de este individuo que llegó a asegurar que “no iba a ir preso por una pendejada de esas”, e incluso se ufanó de sus múltiples conquistas amorosas, alrededor de 400 mujeres, de las que dijo podrían testificar a su favor. Sin embargo, como más rápido cae un mentiroso que un cojo, la excompañera sentimental de Villa De la Hoz reveló que fue agredida por él en varias ocasiones durante su convivencia, antes y después del embarazo de su hija en común, pero a pesar de las denuncias el asunto no pasó a mayores. Luego de este testimonio, otras víctimas de este sujeto confirmaron su comportamiento violento caracterizado por ataques de celos, insultos, maltratos y golpes.

¿Qué pasa por la cabeza de un hombre que en un evidente proceder misógino y enfermizo ataca a mujeres causándoles daño físico y emocional por considerarlas de su propiedad? La violencia de género no puede seguir siendo un tema tabú escondido en el cuarto de San Alejo porque los trapos sucios se lavan en casa. Demasiadas mujeres han resultado heridas o asesinadas tras haber guardado silencio para evitar el qué dirán con la complicidad del resto de su familia y amigos. No podemos seguir fracasando como sociedad por guardar las apariencias y el espejismo de ‘hogares perfectos’ en los que se defienden modelos abusivos y violentos para no perder privilegios.

Fracasa también la justicia cuando no responde las denuncias de mujeres violentadas o pone barreras a las víctimas que deciden romper su silencio buscando protección para sus vidas y las de sus hijos. Actuar contra la perversidad de quienes justifican las agresiones porque es lo que ha ocurrido siempre culpabilizan a las mujeres por levantar la voz contra sus maltratadores, sea quien sea, o las acusan de denunciar falsamente, debe ser el imperativo categórico de una sociedad y de un Estado que dignifique a sus mujeres para evitar que el machismo siga reproduciendo escenarios de desigualdad y discriminación. Si no se reduce la oprobiosa impunidad alrededor de la violencia de género esta no disminuirá.

¿Cómo vivir tranquilo en un país con 630 víctimas de feminicidio, en 2020, según el observatorio contra este delito atroz? Cambiar paradigmas no puede seguir siendo labor solitaria de unas pocas mujeres que ejercen resistencia frente a la idea del aquí no pasa nada. A todos nos corresponde rebelarnos contra quienes defienden la normalidad de los voceros del machismo impune; de lo contrario, la sociedad con su silencio cómplice seguirá naturalizando la violencia de género y sustentando a agresores sexistas que se creen adalides de la justicia. Que ninguna denuncia cueste la vida ni quede impune.

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