Hace exactamente una semana se marchó de este mundo el maestro Pedro Agustín Beltrán Castro, quien se convirtió en leyenda bajo el nombre artístico de ‘Ramayá’. La importancia de esta figura oriunda del corregimiento de Patico, Talaigua Nuevo, Bolívar, para nuestra música costeña es tanta que no se concibe la cumbia moderna sin los aportes que hizo con su flauta de millo y su gaita, convirtiéndose en el gran referente para las nuevas generaciones.

‘Ramayá’, quien vivió 96 años, se dedicó durante varias décadas a matizar la vida de los amantes de la música autóctona de nuestro país con canciones cargadas de notas alegres como La rebuscona, El mico ojón, La estera, Santo y parrandero, y un extenso repertorio que cada fin de semana suena como si recién se hubiese lanzado. Ni qué decir cuando se acerca la temporada carnavalera, en la que el virtuoso músico bolivarense se convierte en soberano. Lo anterior está respaldado por el título de rey Momo que ostentó en 2002, y que disfrutó a plenitud en cada evento y desfile en el que participó.

El maestro, que incorporó instrumentos orquestales y diversificó las sonoridades de la cumbia con su propuesta auténtica, se paseó por los grandes escenarios del mundo. Además, junto a Fruko y Aníbal Velásquez, fue invitado a participar en el álbum Ondatrópica, grabado en Londres por el inglés Will Holland y Mario Galeano. Este proyecto buscó rescatar la música colombiana de los años cincuenta y sesenta.

Debido a sus aportes incalculables, en 2023, el Ministerio de Cultura le otorgó el Premio Vida y Obra, reconociéndolo como una leyenda de la música colombiana que siempre se preocupó por evocar la relación de su territorio caribe con la cumbia moderna que propuso en su momento, acariciando con sus labios la flauta de millo y la letra de sus canciones que rememoran la cotidianidad del territorio, el paisaje, la fauna y las situaciones jocosas de sus pobladores.

Su nombre ha quedado grabado no solo en producciones musicales, también hace parte de la escena viva del departamento del Atlántico. Este nonagenario hombre que vivía en el municipio de Malambo cuenta con una estación del Transmetro en Soledad en su honor, lo que a diario hará que sea recordado.

Lo siempre fue producir sonidos con la boca. A los 8 años de edad lo hacía con la dulzaina y a los 12 creó su primera agrupación como flautista. Mientras prestó el servicio militar aprendió a tocar guitarra y acordeón, llenándose así de bases sólidas para crear música y presentarse ante Efraín Medina, director de la Cumbia Soledeña, para enriquecer su propuesta.

Intentar definir al ‘Rey de la Flauta de Millo’ es una labor tan ardua como saber cuántos años duró tocando cumbia. Sin embargo, el músico Joaquín Pérez, a quien en diferentes ocasiones el maestro catalogó como su sucesor, indicó: “El maestro fue mi superhéroe desde niño, influyendo en mi amor por la música tradicional y la cumbia. Tuve la fortuna de conocerlo y recibir sus enseñanzas, que incluían tocar con sentimiento y disciplina. Su legado y amistad han dejado una huella profunda en mi vida artística, y siempre lo consideraré el Michael Jackson de la cumbia”.

Amistad que tejieron, Pérez agregó que le abrió las puertas de su casa no solamente como músico, sino como amigo. “El maestro comenzó a tomarme mucho cariño. Incluso me acompañaba en fechas especiales como mi cumpleaños y grado, tenía una gran calidad humana, me quedo con eso”.

Y si de pupilos se trata otro que atesora su legado es el flautista soledeño Cristian Páez Carranza, quien destacó a EL HERALDO que “su legado no solo definió las posibilidades sonoras del instrumento, sino que también consolidó un lenguaje musical cargado de identidad, sensibilidad y mucho amor por la flauta. Mi formación como licenciado en música y músico folclórico profesional se encuentra en su obra, ya que es una fuente inagotable de aprendizaje”.

En ese sentido, reconocer la obra de este virtuoso de nuestro folclor es reconocer una escuela viva que trasciende de generación en generación. Su música no solo se escucha, también se estudia, se siente y se canta. Su legado representa una guía, un compromiso y una inspiración permanente, especialmente para quienes crecieron influenciados por sus notas.