Barranquilla no solo se habita, que también; sobre todo, se lleva muy dentro. En ella hay un rasgo intangible e inconfundible que define a quienes nacemos o se hacen en esta ciudad: el barranquillerismo. Este no es una etiqueta vacía ni una bandera efímera, mucho menos perrateo. Es, a decir verdad, una forma de encarar el mundo, una actitud vital que se respira en cada esquina, calle o bulevar de ‘quilllita’ y que, más allá de su transformación urbana, sigue siendo el verdadero cimiento de la grandeza de la Arenosa, que ajusta sus 213 abriles.

Ese carácter tan nuestro, que es una impronta de identidad indeleble, no se improvisa ni se adquiere por decreto. Tampoco se compra ni se vende, como el amor verdadero aquí lo repartimos de sobra. Se hereda, se transmite de generación en generación en la manera de hablar, en la risa franca —casi siempre espontánea, ruidosa y hasta burlona—, en la actitud sincera de tender las manos todas las veces que haga falta o en la inagotable capacidad de sobreponerse a la adversidad sin perder el entusiasmo ni las ganas de remar para adelante.

Cabría definirlo como la ética del empuje, la convicción profunda de que siempre se puede avanzar para encontrar una salida, incluso cuando las circunstancias no nos son favorables. Es el no vararse convertido en principio de vida. Pura creatividad e ingenio que se expanden en medio de dificultades, abrazando a la ironía —como sostén— para desarmar tensiones.

Somos una mezcla de conexión profunda, de conciencia orgullosa de nuestro origen y de hacia dónde vamos. También de sabrosura, determinación y resiliencia —perrenque le llaman algunos— que distinguen al barranquillero donde quiera que esté: en Barrio Abajo, Las Flores, Chiquinquirá, Villa Carolina, Alameda del Río, Caribe Verde o en la Conchinchina.

Y es así porque Barranquilla es distinta: no se fundó; se fue tejiendo, mejor aún, bordando con los más bellos e ilustres hilos. Curramba nació del encuentro de culturas, del cruce entre lo indígena, lo afro, lo europeo, de esos migrantes acogidos aquí sin reservas. Y de ese mestizaje tan potente surgió un espíritu singular: hospitalario, ocurrente e imparable. Un “jubiloso porvenir crisol”, como lo describió en nuestro himno, con narrativa exquisita, la poeta Amira de la Rosa, y como bien lo entendió el historiador Alfredo De la Espriella, quien definió a la ciudad como una construcción colectiva, viva y en permanente transformación.

Un poderoso sentido de pertenencia que como todo vínculo emocional se defiende, celebra y proyecta con fuerza, en especial en las expresiones culturales. En la música, figuras como Beéle y Aria Vega destacan con sonoridades emergentes y en la gastronomía, las mezclas sin prejuicios, desde el arroz de payaso hasta las nuevas rutas culinarias, con tradicionales saberes e innovadores sabores, incluidos cocteles made in Curramba, nos llenan de euforia.

Como también lo hace la paleta de colores que pinta los murales de las galerías y museos a cielo abierto en las localidades o los emprendimientos de diseñadores que han hecho de nuestros monumentos e iconos una segunda piel que se luce con deleite, al ser retrato de la esencia ‘quillera’, al igual que los remozados espacios que ahora alojan la memoria y el sentir de la ciudad, como el hostal de Luis Santodomingo en Barrio Abajo o el circuito de las tiendas en las que se ‘bebe’ literalmente el barranquillerismo. En definitiva, apuestas que reflejan toda la impronta de nuestra identidad: alegría e irreverencia, que como el carnaval son lenguaje universal que nos permite entendernos con los extranjeros que hoy nos eligen.

En EL HERALDO, como desde hace casi 93 años, hablamos a diario sobre Barranquilla. Y, por supuesto, de su gente, de su energía colectiva que contagia, emociona y es nuestro mayor patrimonio. Por eso, en el nuevo aniversario de este terruño, al que consideramos la ciudad esperanza de Colombia, la que tantos quieren visitar, buena parte de ellos para echar raíces, rendimos homenaje al imparable, resiliente e indomable espíritu currambero: el que motiva a Anthony Ríos, vigilante de día y universitario de noche, a formarse, o a Martha Gómez a transformar el dolor por la pérdida de su hija en un legado de amor y solidaridad para otros.

Sí, no hay duda de que nos mueve un ritmo propio, una virtud innata que lo atraviesa todo y es motor de progreso. También empuja, como no, la pasión juniorista que alienta a ‘Papá’, en las duras y en las maduras. Somos una fusión vibrante que se mantiene intacta, en medio de los vertiginosos cambios de las últimas dos décadas. La ciudad ha crecido, modernizado y proyectado al mundo, pero la bacanería de su gente no varía. Por eso hoy celebramos lo que somos, porque mientras exista un barranquillero dispuesto a reinventarse, a sonreír y a echar pa´lante, esta ciudad seguirá siendo, como su himno lo proclama, prócera e inmortal.