El carnaval no se despide en silencio. Barranquilla sabe cerrar sus fiestas como las vive, con absoluta intensidad. Las calles aún continúan colmadas de gente dispuesta a armar un baile con picó y música de temporada. Es el tiempo ideal para “bordillear”. Si aún no conoce bien el sentido del término, pregunte porque con seguridad —si no es de aquí— ya lo ha hecho, pero no se lo han contado. De hecho, el Carnaval de La 44 es la expresión más auténtica de lo que es disfrutar desde el bordillo la celebración de este tiempo profundamente popular.
En la recta final de la edición 2026, todavía queda mucho por hacer. Porque en una fiesta que es de todos por ser de puertas abiertas, como la nuestra, lo importante es abrazar cada momento con renovadas fuerzas y emociones para bailar, reír o llorar juntos, si es que hace falta a la hora de despedir al buen José, reconociendo el goce colectivo como gran bandera.
La Gran Parada de Comparsas es, quizás, el cierre más sonoro. La Vía 40 será la pista abierta donde las fantasías, el propio ‘brilli-brilli’, desfilan al ritmo de los potentes picós, memoria sonora, identidad y resistencia cultural de la fiesta. Invitación imperdible para esta jornada.
En la noche, coronación de la reina Popular en la Plaza de la Paz. Aunque, a decir verdad, ya todas son ganadoras porque el carnaval reconoce estos liderazgos nacidos del barrio: una suma de identidad popular, talento comunitario y orgullo de ciudad. El Festival de Letanías y Comedias baja el telón con humor, sátira y picardía. Reírse de uno mismo también es una forma de construir memoria y de aliviar cargas. El teatro popular, la palabra mordaz y el costumbrismo hacen de nuestra fiesta grande el mejor espejo crítico de nuestra vida diaria.
Pero más allá de todos estos planes, existe uno que invita a vivir la fiesta desde otra mirada y esa es la Carnavalada, un festival teatral al aire libre que celebra sus bodas de plata. Esta es una propuesta auténtica que combina arte y encuentro ciudadano, liderada por la Asociación Cultural Ay Macondo, que cumple 30 años. Esta apuesta de formación cultural ha ido creciendo a la par de su público, que valora observar, escuchar y comprender los procesos artísticos en desarrollo, en aras de preservar las tradiciones. Mabel Pizarro y Darío Moreu, gestores culturales, los quijotes de esta iniciativa independiente, hacen mucho con poco. Pero este año debieron recortar el programa a tres días. Determinación que envía un claro mensaje para que Distrito y empresa privada respalden de forma decidida eventos de esta naturaleza, en los que se educa a la ciudadanía sobre el caudal patrimonial de la fiesta.
Antes del cierre de un carnaval que quedará para la historia, es justo destacar aniversarios que no son simples cifras redondas, sino hitos que nos aproximan a él con conciencia histórica. El Congo Grande de Barranquilla, hoy bajo la batuta del actual rey Momo, Adolfo Maury, celebra 150 años de historia plenamente vigente. A esa importante efeméride se suma otra que amplía el horizonte de la fiesta: los 525 años del descubrimiento de la desembocadura del río Magdalena, la arteria vital por la que ha viajado, durante siglos, la historia cultural del Caribe, a tal punto que buena parte del carnaval nació de ese cauce.
También se cumplen 25 años de la declaratoria de la fiesta como patrimonio cultural de la nación. Una declaratoria que abrió caminos y dejó tareas pendientes para proteger a los hacedores, fortalecer los procesos de transmisión y evitar que la tradición sea desplazada por la lógica del espectáculo vacío, lo cual suele suceder, pese a los diques ya establecidos.
Aplausos también al Paloteo Mixto en sus 90 años, a la cumbiamba La Revoltosa en sus 70 años, a Palma Africana, a La Currambera y al Congo Moderno, que redondean cinco décadas, y a la Chiva Periodística por 30 años de persistencia. Aniversarios que encierran un mismo mensaje: el carnaval se preserva con memoria compartida y respeto por quienes han hecho de él su forma de vida, de modo que celebrar también es un acto de responsabilidad cultural.
Y entonces llega el momento inevitable: Joselito se va. La ciudad despide al alma de la fiesta. Pero este no es un final triste, es un pacto colectivo, porque Jose se marcha con la promesa de volver. El llanto es fingido, pero los abrazos son reales porque siempre habrá un próximo carnaval en el que todos daremos lo mejor de sí para que sea por y para siempre inolvidable.







