Ya la Registraduría mostró cómo quedó el tarjetón oficial de las tres consultas del día 8 de marzo y esa es la verdad jurídica desde la institucionalidad y, como tal, tanto los aspirantes como los funcionarios deben acatarla.

Sin embargo, puede que esta no sea toda la verdad política, porque aunque en las consultas estén aspirantes de peso y de partidos con gran cantidad de votantes, los tres candidatos que puntean las encuestas no aparecerán en la tarjeta que se entregará el mismo día de los comicios legislativos: Iván Cepeda, Abelardo De la Espriella y Sergio Fajardo.

En otras palabras, en las consultas de la izquierda, la derecha y el centro no participarán las figuras más relevantes de sus respectivos espectros políticos que, por diferentes razones, van a ir directo a la primera vuelta presidencial del 31 de mayo.

Así las cosas, a menos de un mes de las llamadas ‘primarias’, el mapa político del país entra en una fase decisiva que, lejos de despejarse, revela fracturas, cálculos tácticos y un enredo jurídico que termina siendo el gran protagonista.

Y es que ese día no solo se escogerán tres candidatos presidenciales, también se medirá la capacidad de cada bloque para ordenar su casa y ofrecer una ruta clara o expedita a sus partidarios y al resto del país, porque a decir verdad el grueso del electorado sigue mayoritariamente indeciso.

De manera que en un escenario de fragmentación y hastío, millones de ciudadanos aún no tienen candidato fijo, lo cual convierte a esa jornada no en un desenlace, sino en el verdadero punto de partida.

La izquierda arriba a la cita con su promesa de unidad hecha trizas. La salida de Iván Cepeda por decisión del Consejo Nacional Electoral —en medio de interpretaciones encontradas sobre su doble participación en consultas— abrió una fisura que profundizó sus diferencias y desencadenó un terremoto político y jurídico.

En medio de ese pulso, Roy Barreras optó por sostener su aspiración, aun a costa de dinamitar la cohesión del progresismo. Su tesis es que su retiro le cedía terreno a la derecha. En esa recomposición forzada emergió Daniel Quintero, resucitado por una decisión del CNE que para muchos luce más política que técnica. El progresismo, que apostaba por un liderazgo único y aglutinador, terminará multiplicando candidaturas y dispersando fuerzas justo cuando más reclamaba coherencia.

En contraste, la centro-derecha llega a su Gran Consulta con una señal de disciplina política. Nueve precandidatos han aceptado medirse bajo las mismas reglas, acumulando visibilidad y estructura. Esa congruencia procedimental, más que el resultado de las encuestas que no es del todo favorable a sus aspiraciones, resulta su principal activo, porque proyecta orden en un panorama dominado por el ruido o la dispersión ajena del resto de sectores políticos.

El centro, por su parte, es el espacio de la oportunidad perdida. Claudia López no convenció a Sergio Fajardo ni a otros líderes de esa línea a sumarse a la consulta. Sin figuras con peso propio ni una competencia real que equilibraran la balanza de la ‘tercera vía’, el ejercicio nació frágil y con escasa capacidad de convertirse en un polo real de atracción de votantes.

No cabe duda de que las consultas vienen envueltas en agitación política y jurídica. Efecto directo de un marco normativo que la propia Misión de Observación Electoral (MOE) estima confuso. Es evidente que las reglas sobre consultas, desistimientos y doble participación son un laberinto donde la interpretación depende de las mayorías, en un órgano de origen político que toma decisiones de difícil aceptación. Así, el 8M será una especie de primera vuelta fragmentada.

Más allá de definir ganadores, la jornada pondrá a prueba la solidez y el futuro de coaliciones que ciertamente se renegociarán el día después, a la espera de que los barones electorales de los partidos Liberal, Conservador y Cambio Radical muevan ficha.

Esa será la auténtica hora cero, la de las alianzas, adhesiones, retiros estratégicos más el movimiento de maquinarias que históricamente inclinan la balanza. Con tantos votantes aún en el limbo, los acuerdos y estructuras territoriales podrían ser más determinantes que cualquier discurso. Sí, las consultas medirán fuerzas, pero no cerrarán la carrera. Apenas abrirán la fase donde la política real —la de los engranajes locales— entra en plena marcha.

Y claro, el 8 de marzo también deja una lección incómoda para distintos sectores políticos, que, en vez de quejarse tanto, deberían solventar los vacíos de la legislación electoral, como corresponde, vía Congreso y previo amplio consenso nacional, porque con reglas enredadas y bloques polarizados, la política colombiana seguirá a la deriva y al filo de la improvisación.