La esperada cita de este 3 de febrero en la Casa Blanca entre Donald Trump y Gustavo Petro está lejos de ser un encuentro protocolario entre dos jefes de Estado. Y aunque tampoco puede ser considerada una reunión “clave, fundamental y determinante para la vida de la humanidad”, como lo aseguró el mandatario colombiano, sí marcará un punto de inflexión sobre el futuro de una relación que pasó, en apenas un año, del cielo al infierno. O lo que es lo mismo, de la fricción retórica a un deterioro con consecuencias reales, como la inclusión del presidente, su esposa, hijo mayor y el ministro del Interior en la Lista Clinton.

El trasfondo de esta reunión es conocido. Todo comenzó hace un año con la negativa de Petro a recibir vuelos con migrantes colombianos deportados, tras lo cual Trump amenazó con castigos arancelarios. Luego surgieron diferencias irreconciliables sobre los resultados de la lucha antinarcóticos que desencadenaron la descertificación del país. Y, sin duda, el momento más álgido de esta deriva bilateral se escenificó en Nueva York, donde Petro llamó a los soldados de EE. UU. a desobedecer a Trump. Acto seguido, Washington le retiró la visa y, al cabo de un tiempo, su nombre fue incorporado al listado, del que ahora intenta salir antes de que sea un expresidente incómodo, con un enorme problema a sus espaldas.

Esta ha sido una relación destemplada, tipo bomba de relojería a punto de estallar en varias ocasiones, desactivada –afortunadamente– gracias a los buenos oficios de personajes de lado y lado que han trabajado en silencio para tratar de cerrar la grieta ensanchada por los ataques cruzados de los mandatarios que se han dicho de todo: fascista, dictador, xenófobo, narcotraficante… Demasiados meses de desasosiego e incertidumbre por las tensiones, choques o disputas, vía diplomacia de redes sociales, en los que la Casa Blanca ha tomado nota de la cercana relación de Bogotá con el régimen dictatorial de Maduro en Venezuela.

De hecho, en un desconcertante giro que hizo temer lo peor, durante días previos a la cita, Petro volvió a emplear un tono acusatorio contra Trump e incluso pidió que devolvieran a Maduro a su país, del que dijo estaba “secuestrado”; habló de no ser “sirviente” de nadie y afirmó que los colombianos viajan a EE. UU. “como esclavos”. Ese lenguaje, que le resulta tan útil en la plaza pública de cara a sus huestes, puede ser pura dinamita en el salón oval.

Así que cuando dos populistas, con instintos autoritarios, temperamentos personalistas e inclinación confrontacional per se, se sientan frente a frente cualquier cosa puede suceder.

Lo cierto es que existen, al menos, tres escenarios a considerar. El primero, de contención pragmática, en el que ambos moderan formas, se centran en la agenda prevista, seguridad comercio y migración, y envían una señal de desescalamiento de sus tensiones personales. Sería el resultado más valioso porque no implica afinidad ideológica, sino gestión inteligente de sus diferencias. El segundo, de cordialidad fría con gestos correctos ante las cámaras, pero sin avances sustanciales, dejando la relación en una tregua inestable, teniendo en cuenta que Petro ya va de salida. Y el tercero —el más riesgoso— es el de la confrontación abierta y pública, con reproches sobre Venezuela o soberanía que conviertan la reunión en un zafio espectáculo, como con Zelenski, lo que termine por agravar la desconfianza mutua.

Si esto descarrila, Colombia tiene más que perder. Estados Unidos es su principal socio comercial y estratégico, fuente clave de inversión, remesas y turismo. Una relación distante golpeará empleo, tasa de cambio y expectativas empresariales. La política exterior no se mide por la altisonancia de los discursos, sino por la protección efectiva del interés nacional.

Petro enfrenta un equilibrio delicado en el que debe apostar por firmeza sin estridencia. Defender los logros de la lucha contra las drogas, la dignidad de los migrantes o la soberanía nacional no precisa de provocaciones retóricas. Ante un interlocutor transaccional como el magnate republicano, la postura más eficaz es la del presidente que habla en nombre de un país interdependiente, no la del tribuno en campaña permanente. Priorizar la cooperación antidrogas con enfoque integral, reglas claras para el comercio bilateral y canales diplomáticos estables debe ser el enfoque de un encuentro en el que nos ponen a prueba.

A lo largo de este año difícil, e incluso en otras circunstancias hostiles, la relación bilateral ha superado crisis complejas porque ha prevalecido el sentido de Estado. En Washington no se evaluará quién habla más fuerte o es más belicoso, sino quién entiende mejor el costo de romper puentes. Ahí se juega, más que una reunión, la madurez estratégica de Colombia.

Sin embargo, conociendo el talante pendenciero de los contertulios, ¿qué podría salir mal?