El tan querido Zoológico de Barranquilla, por si aún no lo habían notado, atraviesa una fuerte crisis que lo tiene al borde de su cierre al público. No es por negligencia ni por falta de vocación; la cruda realidad indica que está cada vez más acorralado por una tormenta perfecta de rezagos, déficits financieros, costos crecientes y décadas de aplazamiento del traslado de la sede, que a estas alturas le pasa una factura impagable. Lamentable. Porque lo que está en juego no es solo una institución con una historia compartida de más de 70 años, sino una parte esencial del patrimonio ambiental, educativo y afectivo de la Arenosa.
Pero los números son eso, números, y el desbalance es contundente. Con un déficit que supera los $1.900 millones en 2025 y una estructura de gastos rígida, determinada en casi un 50 % por su personal altamente especializado e indispensable para el cuidado de los animales, el zoológico enfrenta una realidad implacable. El desmedido e inesperado aumento del salario mínimo —socialmente justo para la clase trabajadora, pero financieramente devastador para entidades intensivas en mano de obra— disparó sus costos de operación y obligó a elevar el precio de la boletería. Una medida comprensible, pero paradójica, porque subir el valor de la entrada en una ciudad golpeada en su bolsillo a la larga reducirá aún más el número de visitas, agravando el déficit que se intenta corregir.
En efecto, la dependencia de la taquilla, que aporta casi el 70 % de los ingresos del lugar, se ha convertido en su espada de Damocles. Antes de la pandemia, cada año más de 300 mil personas cruzaban sus puertas; hoy no llegan ni a la mitad y para 2026 se estima que lo harán si acaso 130 mil. Menos visitantes significan menos recursos para mantenimiento, infraestructura, bienestar animal y experiencia educativa. De modo que el resultado acelera un deterioro progresivo que, sin un buen plan de choque, amenaza con hacerse irreversible.
Pero sería injusto —y cómodo— reducir esta crisis a un problema económico. El verdadero ‘elefante’ en la habitación es el aún incierto traslado del zoológico, una deuda histórica que Barranquilla arrastra desde hace más de 30 años. El recinto actual, con más de siete décadas de antigüedad y un espacio físico claramente insuficiente, limita cualquier posibilidad de crecimiento e innovación para diversificar los ingresos. Y sin una nueva sede, más amplia, ajustada a los intereses de los visitantes, no es viable ofrecer más atracciones, experiencias educativas modernas ni servicios que atraigan nuevos públicos y aliados. Este diagnóstico no es nuevo. La ciudad lo sabe desde hace tiempo. Pero todavía no se toma la decisión final.
El asunto resulta un escollo de difícil resolución, a decir verdad. Cuando no es la falta de suelo, es la cuantiosa inversión que demanda el traslado o la dificultad de lograr consensos entre el sector público y los privados, lo que acaba postergando o echando al olvido el tema.
Quienes creen que cerrar el zoológico resolvería el problema, pues se equivocan. Lo cierto es que lo agravaría. La mayoría de los animales no podría ser reubicada; en consecuencia, seguirían demandando día tras día cuidados diarios y recursos millonarios. A cambio, Barranquilla perdería su único zoológico, un referente del Caribe colombiano, un centro de conservación de especies rescatadas del tráfico ilegal, un aula viva para miles de niños y jóvenes, como alguna vez lo fuimos nosotros, que en nuestra etapa escolar lo visitábamos con emoción, y un símbolo que es parte de la memoria colectiva de generaciones enteras.
Al final, la pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿Barranquilla debe seguir teniendo un zoológico? Y si la respuesta es sí —como debería ser para una capital que se precia de su identidad ambiental y educativa—, el compromiso no debe recaer solo en la fundación que lo administra. Se requiere una decisión de ciudad, con respaldo real del sector público y del privado, que asuma este activo como una herencia común y no como un problema distante.
Los zoológicos cumplen una misión irremplazable en términos de conservación, educación y ciencia. Viven de membresías anuales, patrocinios corporativos, programas educativos pagos, eventos, donaciones, alianzas académicas y apoyo oficial estable. Esa conversación, aquí, hace falta y debería darse pronto porque el riesgo de cierre ya no es solo una hipótesis.






