A falta de conocer los detalles del texto, el acuerdo alcanzado ayer por el Gobierno y las Farc sobre el punto segundo de la agenda de negociaciones constituye en sí mismo un paso muy importante dentro de la apuesta del presidente Santos por sacar adelante, contra viento y marea, el difícil proceso de paz.
Este segundo punto de la agenda versaba sobre participación política, un tema bastante espinoso que las partes negociadoras han cerrado con una serie de decisiones orientadas, fundamentalmente, a ampliar el pluralismo político en Colombia, a empoderar la participación ciudadana en la vida política, garantizar el ejercicio de la oposición en un clima de seguridad y equidad, y a crear circunscripciones transitorias especiales para promover la plena integración democrática de las zonas más castigadas por el conflicto que ha azotado al país durante más de medio siglo.
El presidente Santos, que anoche se dirigió a los ciudadanos en una alocución televisada, tiene razón al afirmar que nunca ante se había llegado tan lejos en unas conversaciones de paz. Antes de este acuerdo sobre participación política, se había logrado cerrar el también complicadísimo primer punto de la agenda, relativo al desarrollo rural. Sin embargo, pese a estos indudables avances, numerosos interrogantes sobrevuelan las negociaciones de La Habana.
El dicho de que el diablo se suele esconder en los detalles cobra especial sentido en este proceso, en el que la información se suministra mediante comunicados genéricos, sin que se trascienda la letra menuda. Así, cuando se habla de realizar “cambios institucionales para facilitar la constitución de partidos políticos”, ¿qué tienen en mente? ¿En qué zonas piensan cuando proponen crear circunscripciones transitorias de paz para las elecciones a la Cámara?
Al margen de los interrogantes que se suscitan, hay algunos puntos que ‘suenan’ bien. Entre ellos destaca la creación de Consejos para la Rehabilitación y la Reconciliación. O el establecimiento de un plan de apoyo a la promoción de veedurías ciudadanas para lograr una mayor transparencia administrativa y luchar contra la corrupción. Sin embargo, iniciativas de apariencia positiva como estas son, en ocasiones, difíciles de llevar a la práctica. Así, es posible que los Consejos de Reconciliación se estrellen con la dificultad, ya constatada en otros procesos de paz en el mundo, de construir una historia común sobre el conflicto.
El acuerdo alcanzado ayer deja en el aire muchas preguntas, pero no por ello debe valorarse su enorme trascendencia. En realidad, el punto más complicado, si cabe, será el sexto y último, en que deberá definirse el marco de incorporación de los guerrilleros, muchos de ellos con condenas o procesos judiciales, a la vida política. Falta, pues, un camino difícil por recorrer.
Pero, tal como subrayó anoche el presidente Santos, la última palabra de todo este proceso la tendrán los ciudadanos mediante referendo. De modo que lo aconsejable es esperar a conocer el texto final de los acuerdos, y votar libremente a favor o en contra de él cuando llegue el momento, y no atender las voces enardecidas que exigen dinamitar la mejor oportunidad que ha tenido el país para poner fin a cinco décadas de violencia.








