Por eso la responsabilidad ahora recae en Estados Unidos. Si decidió usar la fuerza, que sea para defender esos principios. Usarla solo tiene sentido si es para que 24 millones de venezolanos vivan mejor.
Este episodio también dejó en evidencia la extraordinaria capacidad de las fuerzas armadas estadounidenses para ejecutar una operación de enorme complejidad militar, logística y de inteligencia. Ese solo hecho envía un mensaje inequívoco no solo al remanente del chavismo en Venezuela, sino a todos los dictadores —y aspirantes a serlo— sobre el significado práctico de las advertencias de Washington.
Venezuela sigue siendo un país con heridas profundas y con desafíos enormes, pero también es un país que hoy observa, con un brillo renovado en los ojos, que la historia puede girar y cambiar a favor de la gente. Que la justicia, aunque tardía, puede llegar. Que la dignidad humana no es negociable, y que levantar la mirada después de tanto dolor es no solo legítimo, sino necesario.
Lo que preguntan por ahí.