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Opinión

“No corras…”

Pedir un consejo, constituye el sublime encuentro entre la valentía y la responsabilidad.

¡Qué difícil es dar un consejo, cuánto valor hay que tener para pedirlo!

Todos, hemos caminado el vacío, conocemos bien la confusión, el desespero y a la agobiante sensación de no saber qué hacer ante una situación determinada.

La misma, empieza por rondar con sutileza nuestra mente, pero rápidamente se hace desenfreno, con gran destreza le roba tiempo y espacio a lo que nos produce placer, júbilo, entusiasmo y paz. Impregna nuestras manos de un sudor invasivo e incontenible que altera nuestra mirada e interviene nuestra  respiración hasta hacerla jadeante y asfixiante; luego, con poca oxigenación, las ventanas del cerebro que están abiertas al mundo para el encuentro de múltiples posibilidades, se cierran con candado y, en ese instante, para siempre.

Todo se nubla, no hay horizonte y somos hierba seca, giramos sin parar, nos mordemos la cola una y otra vez, chocamos contra las paredes que nosotros mismos hemos construido. Entonces, sin darnos cuenta hemos cavado el profundo hueco que solo la insolencia convierte en guarida.

Aquel que se acerca a pedir un consejo, ya lleva ojeras tatuadas en su rostro, ya ha desgastado la suela de los zapatos, ya ha confundido la noche con el día y ha sentido que se ha quedado sin salida, razón suficiente para que aquel que recibe la solicitud, comprenda que posiblemente tiene al frente los fragmentos y las piezas rotas de lo que en el pasado reciente era un hombre en busca de su destino.

Pedir un consejo, constituye el sublime encuentro entre la valentía y la responsabilidad. La primera, propia de quien lo pide, la segunda, propia de quien lo brinda.

Hoy, recuerdo un hermoso consejo que me dió Doña Amparo, mi madre, a quien por supuesto sólo digo doña Amparo cuando me da algún consejo, pues su serenidad y precisión, son todo un evento enmarcado entre el amor y la gratitud.

El más representativo de ellos, fue cita, fue poema.

“No corras hijo, vete despacio, que a donde tienes que llegar es a ti mismo.”

Me conmovió profundamente, fue evidente, pero antes de continuar, se acercó y me dijo con una sonrisa entre mordida: “Es un poema del gran Juan Ramón Jiménez y mío, (sonrió) él lo escribió, pero yo, por ser consejo para ti, le incluí la palabra hijo.” (Sonreí)

El famoso poema de Juan Ramón Jiménez fue el mejor consejo que me dio mi madre. Lo entendí en definitiva hace exactamente un año, después de sufrir un infarto y de ser operado del corazón.

¡Hay tanto afán! Crecimos con afán por crecer, amamos con afán por amar, trabajamos con afán por ganar, caminamos con afán por llegar, celebramos con afán por celebrar, vivimos con afán por vivir y hasta morimos por el mismo afán de no querer morir.

Si tan solo nos detuviéramos a pensar cuánto estaba por suceder mientras éramos hijos del afán. Ahora bien, después de un momento difícil como el que vivimos, no es bueno tener afán, algunas veces sin afán, todo es más rápido. Hay nuevo mundo por vivir, lo más importante está por suceder. La mesura, el cuidado, el respeto y el aprendizaje deben ser, esta vez, brújula y timón.

Uno de los momentos más complejos de la vida es el que nos invita  a pedir un consejo, y otro, el que nos convida a brindarlo. Si por estos días de cambio le han pedido uno, o ha pensado en pedir uno, quizá el poema de Jiménez le sirva.

“No corras, vete despacio, que a donde tienes que llegar es a ti mismo.”

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