Hace 61 años nació en Valledupar Alberto ‘Tico’ Aroca un hombre que con sus manos sanaría a muchos niños y niñas, y que se convertiría por su don de gentes en un referente de lo que un buen médico debía ser. Su pasión por su oficio y profesión lo llevaron incluso a crear recetas médicas que curarían a un sinnúmero de bebés. En tiempos donde se cuestiona si nuestros médicos tienen la vocación que se requiere ‘Tico’ era un claro ejemplo de médico excepcional, referente de buen miembro de sociedad, amigo y familiar.
Este martes nos despertamos con una noticia que para nadie ha sido fácil asimilar: ‘Tico’ Aroca había sido asesinado en Valledupar mientras hacía su rutina de ejercicios con dos amigos. Ante este hecho tan cruel y doloroso solo podemos preguntarnos adónde hemos tenido que llegar para que una buena mañana la criminalidad termine dejando a una familia sin su padre y esposo, a una ciudad sin su mejor médico pediatra y a toda una comunidad paralizada por el alcance la violencia. El mensaje es directo y busca sembrar terror en cada uno de los habitantes de Valledupar, estableciendo que no hay nadie por encima de la criminalidad, que la vida que es lo más preciado les importa poco con tal de controlar y dominar lo que las instituciones no han podido. Si para llegar a esto han tenido que quitarle la vida a un ser adorado, la respuesta no puede ser callar, huir o esconderse en los patios de sus casas, debe ser exigir paz, tranquilidad, vida en armonía y libertad sin miramientos diferentes al respeto por la ley.
La fractura que este hecho deja en el tejido social de Valledupar tomará en sanar e implicará un ejercicio en el que como sociedad se debe buscar la esperanza, aun por más difícil que parezca, para que el dolor no se convierta en sed de venganza, pero sí en memoria, en justicia y en libertad. La seguridad será necesaria para recuperar esa tranquilidad, recordando que el fin último es recuperar las libertades que se han visto limitadas con la amenaza a la vida.
A ‘Tico’, quien era el padre de mi gran amigo Alberto Mario, recordarlo en la mirada de sus dos hijos, en su amor a María Fernanda, en la niñez de Valledupar y en toda una generación que fue curada por este gran hombre. Con un mensaje de esperanza, algunas vocaciones se heredan: Alberto Mario es un médico soñador siempre comprometido con su profesión y Juan Sebastián el amigo incondicional de los suyos.
No podemos enmudecer ante aquello que nos debe hacer gritar, la fe para nuestros corazones y la máxima exigencia de justicia por la comisión de este hecho.








