El Heraldo

Santos, los indígenas y la paz

El pasado viernes, el presidente Juan Manuel Santos visitó Riohacha en el marco del Festival Francisco el Hombre, y habló de paz. Recordó que los wayuu y, en general, el pueblo de La Guajira le había entregado un simbólico bastón de madera con una empuñadura de plata en la que se reproducía la figura del pájaro Utta, palabrero primigenio. Ese objeto, que significa la verticalidad de la justicia, es apreciado por el primer mandatario como un instrumento de concordia que recogía el anhelo de paz de la mayoría de los ciudadanos de este país. Santos resaltó el hecho de ser, junto con García Márquez, el único colombiano que poseía tan valioso elemento lleno de múltiples simbolismos y de ancestrales y sublimes funciones.

Algunos ciudadanos consideraron que después de la aprobación de la Ley de Regalías, que afectó considerablemente a las entidades territoriales productoras de minerales e hidrocarburos, tan valioso obsequio no era merecido por el autor de esa iniciativa. Sin embargo, no se trataba simplemente de la entrega de un presente sino del otorgamiento de un mandato. Ese acto fue la reafirmación de un pueblo histórico, que tiene una larga experiencia en la solución de conflictos tanto en  la paz como un anhelo colectivo, como en la negociación civilizada vista como un camino firme para encontrar la salida a una guerra prolongada, sangrienta y estéril.

Es cierto que nuestra incesante violencia no se parece a un doloroso parto que lleva finalmente a un nuevo y más justo orden social. Igualmente lo es que ha estado más cerca de parecerse a una lacerante e incurable enfermedad crónica que no nos extermina como colectividad pero que nos hace infelices de una manera perversa y mezquina. Precisamente por ello se hace imperativo ponerle fin.

Los indígenas, como muchos colombianos, están cansados del conflicto. Durante más de medio siglo han visto desfilar por sus territorios a grupos armados de diferentes ideologías. Década tras década pasan como cambiantes cohortes romanas dejando dolor y devastación a su paso. Años de colonización, de tala de sus bosques para la siembra de cultivos ilícitos, de explotaciones mineras legales e ilegales y de despojo de sus tierras para la expansión de monocultivos han generado variadas formas de violencia que no solo van contra los cuerpos humanos sino contra el paisaje. Por ello, pero también porque como sujetos sociales tienen su propias representaciones simbólicas acerca de su entorno físico y concepciones diferentes acerca del ideario occidental del “desarrollo”, la mayoría de los miembros de los pueblos amerindios establece una directa asociación entre modificaciones ambientales y alteraciones sociales. 

La paz, de lograrse, debe propiciar un país en el que impere una visión pluridimensional de colombianidad que incorpore en su modelo social y económico los principios de solidaridad y reciprocidad. Al entregar el bastón de mediador al Presidente, los indígenas expresaron su optimismo moral entendido como una fe inquebrantable en la humanidad a pesar de sus errores.

Quizás sea oportuno recordar al presidente Santos y a los colombianos las palabras de  Abraham Lincoln durante la Guerra de Secesión norteamericana: “Esforcémonos para terminar la obra en que estamos empeñados, para vendar las heridas de la nación, para cuidar de quien ha sufrido en la batalla y a su viuda y a su huérfano, para hacer todo cuanto pueda depararnos y abrigar una paz justa y duradera entre nosotros mismos y con todas las naciones”.

Por Weildler Guerra C.
wilderguerra©gmail.com

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