El Heraldo
Opinión

Mujeres en política

Bienvenidas todas. Desde Cleopatra hasta Kamala, desde la emperatriz Sissi de Austria, hasta la emperatriz Ci Xi de China, han demostrado su talante para el liderazgo y los intríngulis del poder. 

En el manejo de la pandemia, media docena de mandatarias regadas por el mundo, desde Islandia en el Atlántico Norte hasta Nueva Zelanda en el Pacífico Sur, lo han hecho mejor que muchos de sus colegas. Son comunicadoras virtuosas, incluyentes, empáticas, de una eficacia discreta, a lo Merkel o Bachelet; sin el histrionismo egocéntrico y la crispación que emana un Trump, salvo excepciones, como Claudia y la Kirchner. 

No es sorprendente entonces que este mes varios parlamentarios, imaginando una Colombia mejor, hayan propuesto legislar forzando que la participación de ellas en política electoral sea al menos del 50%. Pero puede ser hasta contraproducente. ¿Qué tal una ley para que las entidades bancarias, que tienen gran mayoría de mujeres, o el ejército, que tiene gran mayoría de hombres, también tengan que ser 50/50? Sí, falta un buen trecho en el camino para cerrar brechas de género, pero lo recorrido en una breve escala de tiempo es enorme y seguirá influido por actitudes y aptitudes individuales. Las primeras obedecen más a la biología, las segundas a la cultura y la personalidad. Gustarme la anatomía y tener excelente pulso no fue suficiente para decidirme a ser cirujano. La división de tareas es una manera eficiente de organizar el trabajo en la economía, al interior de una empresa o de un panal de abejas. 

La humanidad tiene más de 200 mil años; durante casi todo ese tiempo fuimos cazadores recolectores; ellos se inclinaban por la violenta cacería, ellas por la laboriosa recolección. Luego de estabilizarse el clima, surgió, hace unos 6 mil años, la agricultura; sus rudas labores recayeron en mayor grado entre los hombres. Desde siempre ambos géneros aportaron a la tribu lo que mejor hacían, sin remuneración. Llegamos a la revolución industrial hace un poco más de 200 años, o sea en la última milésima parte de la vida de nuestra especie sobre la tierra. Aun así, durante su primer siglo, el “capitalismo salvaje”, satanizado por Marx, se concentró en talleres hacinados, intoxicantes y agotadores, de manera que esas labores externas, ya precariamente monetizadas, fueron también predominantemente masculinas. 

Hace un siglo, finalmente, la industria liviana y el ascenso meteórico de la economía de los servicios, eliminaron talanqueras reales para una inclusión laboral mucho más amplia de las mujeres. La máquina de coser, la de escribir, los electrodomésticos, las toallas higiénicas y la obsolescencia del sexo reproductor, apuntalaron el cambio. Fue necesario desmantelar también barreras artificiales, legales y mentales, como el acceso a la educación y su participación en política. Eso ya sucedió en muchos países, Colombia entre ellos. Más bien “dejemos miles de flores florecer”.

rsilver2@aol.co

 

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