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Opinión

Perdón social

El cerebro colombiano necesita que sienta la mirada del control y el dictamen de la sanción social. Esta no puede debilitarse con perdones interesados en beneficios personales. No es justo que quienes han molido vidrios con las nalgas, trabajando toda una vida, vean palacetes construidos con columnas torcidas de impunidad que han beneficiado a estos propietarios, ladrones callejeros, del estado. No podemos parir una sociedad que bendice a estos descompuestos.

Finalizaba una conferencia sobre cerebro, corrupción y sanción social y, enfatizaba en la importancia de la educación desde niño. Quien se roba una aguja en la infancia termina involucrado en los grandes robos que han desfalcado el país. El fundamento neurobiológico es simple: cuando un individuo hace algo malo, en contravía de sus valores y principios, los exámenes de resonancia magnética funcional detectan que la amígdala del lóbulo temporal se activa en forma enérgica, (Garret N.,et al “The Brain Adapts to Dishonesty”, Nature Neuroscience, septiembre 2016.). Si se repite el acto la activación va disminuyendo hasta que ocurre una especie de acostumbramiento y la amígdala deja de enviar las señales de alarma. Se van perdiendo los escrúpulos y el cerebro se acostumbra a la deshonestidad. Se crean comunicaciones y conexiones sinápticas en donde se naturaliza la torcida: “perro huevero no pierde el vicio”.

Luego me formulan una pregunta inquietante. proveniente de una persona asistente y, a quien conocía por sus convicciones y principios morales: ¿una persona corrupta que comete un ilícito no tiene derecho a una segunda oportunidad? Respondí así: “dejaría que un pederasta condenado regresara al colegio y fuese el profesor del curso de tu hijo”.

Las leyes, normas y especialmente la recompensa y castigo son los grandes facilitadores o inhibidores para que la corteza prefrontal o la amígdala funcionen adecuadamente. Así se construyen los juicios morales. Una sociedad que es permisiva con los actos de corrupción y flexible en sus reglas va languideciendo la función de la corteza prefrontal y la fuerza con la cual la amígdala del lóbulo temporal previene y alerta al individuo para que no caiga en el torbellino de la conducta anómala. El fundamento neurobiológico de “acá no pasa nada” y la pérdida de los escrúpulos es la impunidad: es la forma de perpetuar la corrupción como enfermedad sistémica. Cuando no sancionamos -después del debido proceso- al responsable se pierden los frenos morales que tienen su asiento en el lóbulo prefrontal. La impunidad es el peor ejemplo que podemos mostrar para la formación de los nuevos ciudadanos. Un cerebro colectivo que no sanciona solo estimula una sociedad proclive a caminos sinuosos y atajos. No podemos ser formadores de comportamientos humanos corruptos.

Cuando se explora el sentir de los colombianos el 80% piensa que nuestro mayor mal es la corrupción. Sin necesidad de ser Einstein, podemos afirmar que es el agujero negro y la cloaca donde depositamos nuestras convicciones. Y si no hay sanción para los responsables se ratifica porque solo el 5% del país confía en la institucionalidad (justicia, congreso, ministerios públicos).

Enseñamos con nuestro ejemplo a los hijos a sobornar y que cuando nos acerquemos a los recursos públicos es la oportunidad para enriquecernos. La trampa, es un aminoácido de nuestro alelo comportamental, y la gangrena nacional que ha pervertido nuestra conducta social. El corrupto engulle todo lo que pueda en la contratación pública o privada y salta de torta en torta. Es insaciable y ha cavado la tronera negra de la institucionalidad.

Quien comete un ilícito tiene derecho a un justo y debido proceso. Sin manipulación y con sentencia que engalane que existe justicia transparente y confiable. Cuando el veredicto llega hay una cuota de responsabilidad que debe pagarle a la sociedad que ha ofendido. Debe cumplir su pena. La impunidad y falta de castigo inmortalizan los delitos y se le coloca al cerebro un pendón:” acá no pasa nada”. Se pierde el temor y se diluyen los escrúpulos. Ningún colombiano puede quedar a la espera de la justicia y con mayor prontitud y energía los que el azar de la vida les ha dado las mejores oportunidades. El canal del parto es el mismo para todos, pero aquellos que llegan por vías pavimentadas y aterciopeladas tienen el deber moral de alumbrar más a la sociedad que los recibe. Cero indulgencias y tolerancia.

El cerebro colombiano necesita que sienta la mirada del control y el dictamen de la sanción social. Esta no puede debilitarse con perdones interesados en beneficios personales. No es justo que quienes han molido vidrios con las nalgas, trabajando toda una vida, vean palacetes construidos con columnas torcidas de impunidad que han beneficiado a estos propietarios, ladrones callejeros, del estado. No podemos parir una sociedad que bendice a estos descompuestos.

Diptongo: de nada sirve enchufes o tomacorrientes nuevos si los cables de conexión están podridos. Así funciona el cerebro de los corruptos.

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