Como se agrava en lugar de resolverse, hay que dar otra mirada a la protesta indígena.

Uno, la “minga” tiene el objetivo de aumentar los privilegios y beneficios que el Estado le da a los indígenas, como se ve en la exigencia de que se les entreguen 49.100 hectáreas adicionales a las que ya tienen y 4,6 billones de pesos adicionales a los 10 billones del PND. O en las peticiones en las que se solicita que se dé carácter de autoridad medio ambiental a los cabildos y no se permitan los sobrevuelos sobre sus territorios sin su permiso.

Dos, pero además de mover los intereses de los indígenas, el bloqueo es parte de un proceso de movilización política mucho más amplio, que pretende el control de “la calle”, por cierto anunciado por Petro en su discurso después de perder las elecciones. Derrotados en las urnas, pretenden desarrollar y conseguir los objetivos de su agenda política a través de paros, protestas y bloqueos. Le miden el aceite al presidente.

Tres, la “minga” no tiene nada de ingenua o de espontánea. Para sostener varios miles durante veinte días, queda claro que está bien financiada. ¿Cómo se paga? Una parte, con las transferencias millonarias que hacemos todos nosotros a los indígenas; otra, con los dineros que dejan las plantaciones de coca de los resguardos caucanos.

Cuatro, el paro ha estado lejos de ser pacífico. Además del bloqueo de las vías y su destrucción, los cocteles molotov y las papas bombas, ya van nueve muertos y un par de docenas de heridos.

Quinto, la afectación de los derechos de los demás ciudadanos no solo no es un efecto colateral, sino uno de los objetivos del bloqueo, porque busca aumentar los daños de manera que los afectados presionen al Gobierno para que ceda, termine el paro y cesen las pérdidas.

Sexto, sin embargo, el abuso sistemático de las vías de hecho como herramienta y su politización está exacerbando los ánimos y agotando la paciencia de los demás ciudadanos. Lo que era antes una tendencia natural de muchos a solidarizarse con los indígenas, marginados por décadas, empieza a tornarse en una molestia frente al exceso, en un rechazo de los privilegios y beneficios que se les otorgan en demasía.

Séptimo, como consecuencia, empieza a abrirse una discusión sobre el alcance de los derechos de las minorías y sobre la afectación de los derechos de los demás ciudadanos.

El debate, al final, es sobre las minorías, no solo las indígenas, por cierto, muy radicales y organizadas, y unas mayorías, silenciosas y pasivas que, sin embargo, empiezan, con toda razón, a perder la paciencia y exasperarse. Si logran torcerle el brazo a Duque (esperemos que se mantenga firme), quizás los indígenas de la “minga” puedan ganar otra vez esta batalla. Pero el exceso solo conseguirá el hartazgo y polarizar a un sector mayoritario de población en contra de ellos.