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Opinión

Petro y los jóvenes

El saldo de la feroz represión en Colombia arroja cifras de miedo, y todo indica que seguirá creciendo. No importa que los medios de comunicación del orden se esfuercen en decirle al mundo que aquí «no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca.» No importa que repitan sin sonrojarse que sí, que sí, que todo está bien, que este es un pueblo feliz, un apacible remanso de nenúfares cubiertos de rocío. 

En mayo de 2021 publiqué en este diario una columna titulada El nuevo coraje, que hoy, luego del triunfo de Petro y de Francia, deseo evocar parcialmente. Me  refería entonces a la marea de jóvenes que puso contra las cuerdas al establecimiento durante los días del Paro Nacional. La misma joven marejada que de nuevo se ha pronunciado para hacer virar por primera vez a la izquierda el cuello del cóndor nacional. El dos veces centenario juego de la democracia no había tenido en Colombia más que un solo ganador. Aquí va:

«El hijo de un cultivador de cacao de Villa del Rosario, elevado a la categoría de gloria nacional por habernos liberado del Libertador, logró persuadir a los colombianos de que las leyes les darían la libertad. Pero lo cierto es que, desde ese día, al amparo de la Santa Madre Iglesia, la voraz minoría se apresuró a confeccionar, a la justa medida de sus sagrados privilegios, un orden tan férreo que diez constituciones nacionales, más de sesenta constituciones provinciales y dos siglos de violencia atroz no han podido quebrantar. A finales de los años sesenta, García Márquez declaró a un diario parisino que «las características más sobresalientes de Colombia, en contraste con sus países vecinos, provenían del hecho de que en nuestro país la gran contienda sociopolítica, ideológica y militar del siglo XIX había concluido con el triunfo de los sectores más tradicionalistas.» No se equivocaba. Ese orden arbitrario, leguleyo, mezquino, fundado en la opresión, la exclusión y la explotación, es precisamente el que algunos llaman la democracia más antigua de América Latina. 

Ese es el tamaño del perverso leviatán que postergó el ingreso de la modernidad en nuestro medio. El mismo que, en un hecho sin precedentes, pusieron a temblar con admirable coraje y empatía millones de jóvenes de Colombia. Así, provistos de dos temibles armas de destrucción masiva: creatividad y pensamiento crítico, los jóvenes han  salido a las calles a bailar, pintar, cantar, resistir, a reclamar un orden nuevo, uno más justo e igualitario, uno donde por fin el cóndor del escudo deje de mirar solo a la minoría que está a su derecha, donde todos ellos puedan quedarse, ser felices, prosperar, sin tener que emigrar a la tierra que nadie les ha prometido. Por ese terrible pecado, con una virulencia verbal digna de Miguel Antonio Caro, santo patrono de la Regeneración, los áulicos del orden caduco les llaman vándalos, atenidos, resentidos, adoctrinados, apátridas, malhechores, por eso los criminalizan, por eso les disparan, por eso los desaparecen.

El saldo de la feroz represión en Colombia arroja cifras de miedo, y todo indica que seguirá creciendo. No importa que los medios de comunicación del orden se esfuercen en decirle al mundo que aquí «no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca.» No importa que repitan sin sonrojarse que sí, que sí, que todo está bien, que este es un pueblo feliz, un apacible remanso de nenúfares cubiertos de rocío. 

Lo realmente cierto es que la fuerza pública no está para este tipo de infamias. Debe imperar el diálogo, la construcción de consensos, no los fusiles. Lo sabía incluso el anónimo soldado de La casa grande, de Cepeda Samudio, cuando la tropa fue movilizada para masacrar a los trabajadores de la compañía bananera: 

—«No me gusta esto de ir a acabar con una huelga. Quién sabe si los huelguistas son los que tienen la razón.»

Y la tenían. Por eso ganó Petro. 

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